sábado, 28 de junio de 2014

Los Letrados


La cita era invariablemente todos los días, a partir de las 18 e el Bar de la esquina del Palacio de Tribunales.-

Obviamente no eran los únicos, ya que estaban acompañados por colegas académicos y de copas, y si bien no se extendía demasiado la jornada, la habitualidad y el sitio, le otorgaba al evento, un rango distintivo.

Quien no fuera parte de aquel meeting, pues entonces no pertenecería al selecto grupo de letrados; y nada lo podía llega a emparejar; ni el gasto ocasionado, ni la calidad de la bebida, porque allí se jugaban otras cosas,  que tampoco pasaba por el dinero o la prosapia, sino por la palabra.

En ese aspecto, por ese punto pasaba la cosa, que engrosaba el Currículo de quienes gozaban del prestigio de monopolizar la palabra, cosa que no era para nada fácil, en un escenario, donde el que menos letra tenía, poseía un “pico” que era la envidia de cualquier político.

Todos los días se repetían, como si un reloj orgánico los invitara a reunirse en aquel bar, El Doctor Fernandez y el Doctor Cusinato.

Su fisonomía los ubicaba muy bien, en el sitio que su titulación le otorgaba, más el Doctor Fernandez, que ayudado por su profunda y grave voz, lo ubicaba además como un tipo que convencía, no solo por ascendencia e imposición tribunalicia, sino por la cadencia de sus relatos, y su tremendo vozarrón; el Doctor Cusinato, guardaba relación con otro formato, de otra estirpe, que lo ubicaba en una posición que nunca se podía llegar a definir. Podía hablar de futbol, pero desde la popular; asumía temas de religión con un conocimiento que parecía Sacerdote o Rabino.

Fernandez y Cusinato, sin embargo tenían en común varias otras cosas. No solo los ligaba la Profesión, sino que en su niñez y juventud, habían sido criados en el mismo barrio, y no solo eso, fueron compañeros de armas, compartiendo filas en el Ejército Argentino, en ocasión de cumplir con el Servicio Militar Obligatorio.

Fernandez, tenía talento culinario y político; Radical y sobre todo defensor de la verdad a ultranza. Ávido lector de todo texto  que tenga ver con actualidad, y más que nada con la historia, el tordo, le fascinaba dar cátedra sin que uno abone arancel, y arrancaba de caliente para arriba, como para demostrar que la cosa, venía en serio. Pero tenía la virtud de dar lugar, porque si había algo que le gustaba al Gordo era debatir conocimientos, ideales. Por suerte, y por la mano divina de Dios, siempre aprobé la cátedra barrial del tordo, con 10 y eso me valió ser un referente de su persona, lo cual no era poco, ya que gozaba del privilegio de sentarme a su lado en cualquier mesa que se armaba; lugar que el mismo me reservaba; al igual que recibir sus correos, tan llenos de pasión, por sus ideales, que no podía llegar a responder por la brillantez de los mismos, y ni que decir de los llamados de los sábados a mi casa, para conversar de cualquier pelotudez, con el mismo acento que le ponía mi abuela Coca, al conversar conmigo, y de allí la familiaridad con el gordo.

Cusinato era un neófito en las artes de la cocina, y si bien, no era peronista, tenía simpatía por un ex Presidente peronista. Vivo, de viveza barrial, simpático y comprador; obviamente de una cultura de nivel, escasamente comprobable, por ninguno de los habitantes de aquel bar de tribunales, y salvo nosotros, los amigos de la colimba, podíamos mirar de costado cuando se la iba la mano en algún relato. Pero siempre, hablaba, con movimientos ampulosos de los brazos, mirando a todo el auditorio, y profiriendo un vozarrón y grandes carcajadas, porque el gordo (ambos eran de gran talla), era gracioso.

Ambos, superaban con creces el conocimiento de un enólogo, y no solo eso; sabían que bebían, en que ocasión, y tenían una amplia cultura de la bebida sagrada.

Dos talentos sin comparación; cada uno en lo suyo era una especie en extinción, y aún así seguían teniendo puntos en común, entre ellos sobre todo. Pero desde ángulos diferentes, posiciones de vida distintas y visiones totalmente contrapuestas. Sus coincidencias, se basaban en los gustos culinarios, y sobre todo en el deleite de la Bebida de alta gama.

Ambos eran de gran dimensión física, y estaban calibrados en  unidad de medida que las balanzas se empecinaban en medir por encima de los 3 dígitos, por lo general, un tema evitado por los doctores en leyes; muy difícil de comprobar legalmente, pero fácil de advertir visualmente,  porque estaban pasados en kilos, y aún sí conservaban su estampa.

La amplitud cultural, y su gramática expresiva, los identificaba como claros exponentes de los sitios de la zona de la calle Lavalle; pero en la barra, dejaban la posición de abogados y manifestaban como lo hacían usualmente.

Dos caballeros, cuya estirpe barrial, jamás habían abandonado; razón por la cual, no dudaban en apelar a términos reconocidos por nosotros, para hacerse entender. Es así que si el Tordo, te mandaba al carajo, entendías claramente, que te quería decir.

Nunca había cita formal. Alcanzaba con saber la hora y la certeza de encontrarse uno con el otro, debatiendo ideas, compartiendo aspectos de su jornada tribunalicia, y degustando el mejor de los tintos, o si la ocasión amerita un espumante.

Ambos son mis amigos. Cada uno con su particular modo de ser. Los dos con su verborragia a cuestas, y siempre dispuestos a una copa, y a una conversación, que en realidad si te ganan de mano, nunca sale del monólogo.

El inicio de nuestra amistad, data de 1983. Verano de aquel año, ocasión en la que fuimos citados a concurrir amablemente, al regimiento 1 de Patricios, invitados por el Ejército Argentino de la época. Aceptamos de buen modo, y allí concurrimos presentables y a horario como era de corresponder a los jóvenes de aquel entonces.

No quedamos en Bs.As, sino que marchamos en un Hércules a la Patagonia Argentina. Recalamos en Comodoro Rivadavia, Provincia de Chubut y posterior a una espera, seguimos camino  a Rio Mayo distante otros 262 km al oeste.

Claro que en ese momento, los señores, no eran titulados académicos, y además guardaban, su silueta que se verían perdida con el tiempo, y no justamente en los estrados judiciales.

La prosapia callejera y barrial, asociada a un vozarrón mixturado por el faso, hacía del  Dr. Fernandez, un personaje público cuya notoriedad se distinguía en el plano social donde se presente.

Hombre criado en la zona de influencia de Caballito, recorrió algunos barrios más, orientado por la familia, de origen Hispano, de allí que este Gallego, es un cabrón pero un amigo de aquellos que no abundan. Su fidelidad y su interés por la vida del otro, plasman la evidencia de su impronta.

Un tipo, absolutamente querible, lo conocí en ocasión de nuestra incorporación al ejército argentino de la época. Pero no advertí a su persona, sino hasta haber llegado al destino, y más aún. Hasta habernos instalado en el cuartel. Para eso, pasaron más de treinta y cinco días desde la incorporación de aquel 26 de febrero.

Ocurre que éramos muchos pibes, y el además al ser mayor que nosotros, marcaba cierta diferencia, con el resto, al igual que el resto de los ya muchachos, que los incorporaron siendo ya profesionales. Es decir, tenían ventaja académica, y la madurez propia de la edad. Éramos un grupo mayoritariamente de capital federal, proveniente de los Barrios de Flores, Floresta, Caballito, Villa Urquiza y Villa Pueyrredon, y las edades oscilaban, en un 90% 18 años, y el 10% restante desde los 19 hasta los 25 años.

Lo cierto, es que al gordo, no lo pude identificar bien, sino hasta la llegada al cuartel, y eso ocurrió por mediados de abril, para cuando terminamos con las instrucción, y nos pasó revista el Jefe del Ejercito, que vino desde Bs. As, Además otro hecho aceleró nuestra mudanza, al cuartel. La baja de la clase anterior.

El gordo, tenía la cama al centro de la cuadra, cerca la mía, que estaba en un lateral, cercano a una puerta en uno de los extremos.

Allí supe de el. Solo coincidíamos cuando compartíamos la cuadra o en las cenas o en los francos, porque el estaba en los servicios administrativos y yo estaba en la sección exploración, con el joven Guillermo.

Al decir de Cusinato, cayó a Río Mayo, cuando promediaba la instrucción. Lo trasladaron desde el Regimiento 1, junto a otros pibes, entre los que se encontraban, Ameglio, Erdoyz, Cesar Vera, Carlos Rosas

Guillermo fue, para aquel momento, el distinto. El único tipo que hizo de nuestra estadía en el sur, sea diferente. No había días iguales, con Guillermo entre nosotros. Este muchacho, tenía modos distintos al Gordo Fernandez. El otro era ameno, y pasaba desapercibido; en tanto el Gran Guillote, era expresivo, y jamás pasaría desapercibido; era un permanente centro de atención, en un lugar donde llamar la atención era motivo de algo; pero seguro que no era salir de franco. Con Guillermo al lado, seguro que pasarías por dos estadios. Te ibas a cagar de risa, o terminabas con una actividad extra o algún día de arresto, o te comías una fajina.

Pero seguro era una cosa. Nada sería igual con el. Hizo de aquellos días, un pasaje distinto, que ninguno de nosotros jamás olvidará.

Conforme pasaron los años, como suele ocurrir en la vida, todos tomamos caminos en los que fuimos desarrollando nuestra profesión y nuestra vida.

No supe de ellos, salvo haberme encontrado ocasionalmente en la calle con algún pibe, y preguntar si había visto a algún flaco de entonces.

Hasta me encontré con el mismo Guillermo allá por el ’87, viajando en Bondi, y se bajó varias paradas antes, para conocer a mi Familia, y a mi Hija de apenas 1 año.

Nos volvimos a encontrar, cuando el destino lo marco y cuando pasado el tiempo, necesité volcar todos aquellos lindos recuerdos, aquellas vivencias UNICAS e IRREPETIBLES, con quienes comprenderían a la perfección, todo aquello.  Ocurre, que las historias tantas veces contada por mi persona, en la Familia, en otros grupos de amigos, resultaban desde pesadas, hasta increíbles. Entonces solo en un único lugar todo aquello, tomaría la forma adecuada y de mi parte dejaría plasmado todo cuanto quise a los chicos de entonces. Derrochando en verborragia todo cuanto tenía guardado en mi corazón, y hasta en listados, que en horas nocturnas había armado, pensando en ellos.

Por medio de una red social, me contacté con Alejandro Sanz, otro gran amigo de entonces, y  fue el celestino que propició el re encuentro.

La cita se pactó para un viernes por la noche, obviamente, en una restaurant de la zona de Caballito. Allí marché, con la misma emoción que porté durante años, para dar con ellos, en una mesa y allí estaban los Letrados, moviendo los brazos, manejando la conversa, acaparando la atención de la mesa, y en el caso de Guillermo, manejando a su antojo, a los mozos.

Una foto, registró el momento histórico, y allí estaban El Tordo, Guille, Sergio Barcos, la Tana Giampietro y Ale Sanz. No me preguntes el motivo. Puedo responder que no fue intencional, porque fui el último en llegar a la cita. Pero mi sitio en la mesa, fue al lado del Tordo y frente a Guille.

Allí se retoma la historia, y comienza una etapa de encuentros, cenas, conversaciones, cagarnos de risa, historias cuya fantasía no llegó aún a ningún Director de Hollywood.

Con el Tordo, tuve cercanía profesional, porque me asistía como Boga, y personal, porque me trataba como gomia.

Con Guillote, volví a recordar como con nunca nadie en mi vida, cada momento, cada vivencia de aquel Servicio Militar, estableciéndose una contienda intelectual, donde pocas veces, tuve que ceder ante la memoria del Gran Guille.

Respetuoso de los designios del Destino, que maneja el Juez de la Vida, Dios, es que acepté que el Tordo se traslade con su sabiduría a cuestas, a ocupar un lugar de privilegio a su lado, para asesorarlo ante tantos quilombos que de seguro debe tener. El Tordo, se pegó una vuelta para mirar las cosas desde otro lugar, porque en realidad, esta con todos nosotros.

Pero de algo estoy seguro. Porque así lo hablamos la última vez, que trabamos conversa. Cuando le dije, que cuando llegue a su nuevo destino, pregunte por mis Viejos y por mi abuela Coca y mi Tía Chicha. Que con ellos se iba a sentir como en sus tiempos de niño en caballito, y de paso que de mi parte, les diera un fuerte abrazo a todos ellos, y les diga que los extraño mucho, y siempre los tengo presente, en todo lo que hago.

No pensaba, que en el medio del camino de este pequeño homenaje a mis amigos, tenía que pasar por la emoción de ubicar las letras en el lugar que u corresponda, conforme al tiempo cronológico, sino que también debería cerrar el cuento, con un Chau Tordo, llámame así tomamos un café (pero aguántame en la mesa, hasta que llegue)

Guille, te quiero Mucho