martes, 24 de junio de 2014

Inyecciones sin Aguja


Doña Delia, era el ama de casa modelo de los viejos tiempos.

Dedicada a sus quehaceres domésticos, buena persona, conocida y reconocida por todo el barrio, no solo por identificar su casa, o su familia, sino también por ser la persona, que aplicaba vacunas e inyecciones, a domicilio, en su propia casa, y en la Sociedad de Fomento Mar del Plata, cuando las campañas de vacunación, recalaban en los Barrios de Provincia de los años ’70.

Su fama había trascendido las fronteras barriales, y venían de otras Sociedades de Fomento e inclusive desde salitas de primeros auxilios, por Doña Delia, no te hacía doler con las vacunas, porque las aplicaba sin aguja….

En muchas ocasiones, el Presidente de la entidad, tuvo que tomar partido del asunto, porque las instalaciones no alcanzaban para albergar a toda esa cantidad de chicos, que superaba la que acostumbraba a recibir la entidad, y he llegado a ver largas filas de cola, que doblaban por la esquina y se llegaban hasta la otra cuadra, tanto que al salir de casa, se podía ver a los últimos, y eso que yo estaba a dos cuadras.

Si el Doctor Perticone, te mandaba inyecciones, no queríamos saber nada que otro sea el que las aplique. Tenía que ser Doña Delia y su Jeringa sin aguja…..

Además yo corría con mucha ventaja, porque era mi vecina. Vivía al lado de mi casa, junto con Don Mario Piantanida, y sus dos  hijas Liliana y Adriana.

Don Mario, era Motorman, y era motivo de no hacer ruido en el patio de casa, hasta pasadas las 4 de la tarde, porque Don Mario, trabajaba de noche y estaba durmiendo la siesta. Mi Padre, cuando nos contaba de las responsabilidades de Don Mario, como Motorman, nos daba una magnitud de Cardio Cirujano, que imprimía a la situación, una mirada de respeto por encima de cualquier otro trabajador de los tantos que abundaban en el Barrio. Ni que hablar, la vez que lo vimos conduciendo una formación del tren Mitre, en la estación de Chilavert, la emoción que teníamos con mi hermana, porque no solo nos saludó agitando su brazo, sino que hizo sonar la sirena de la locomotora, cosa que nos otorgó un distingo entre el resto de los viajantes y ya teníamos algo para contar a los chicos y a la Abuela que íbamos a visitar. Ese viaje resultó ser distinto a cualquier otro que haya tenido.

Liliana, era Maestra de grado, y en sus tiempos fuera de la escuela, daba clases particulares, a los chicos que necesitaban ayuda escolar.

Adriana, era muy bonita, y siendo ella adolecente y yo un niño, se llevaba todas mis miradas. Las casas estaban pegadas, y el fondo coincidía, empezando desde el patio y justo a la altura de la Parrilla de mi casa, había un tapial que no levantaba el metro 60 de altura, lo que no era de mucha ayuda, cuando colgaba la pelota y tenía que pedirle a las chicas o a Doña Delia, que me la alcancen, y en la medida que yo crecía en estatura, me permitía con un saltito, mirar para el otro lado. Toda un atrevimiento para la época, y una inocencia de mi parte, que aún con cierta picardía, que otra cosa podía llegar a ver, que no sea un fondo, con el bombeador, una escoba apoyada en la pared, el perro, y seguramente a las chicas tomando sol….

Por las noches de primavera y verano, se acostumbraba  a salir a tomar fresco en las veredas, y los vecinos conversaban, algunos aprovechaban para mantener el jardín, y se olía el particular aroma del pasto regado mezclado con el veneno para las hormigas, y se apreciaba como colocaban bolsitas de plástico con grasa, para evitar que las hormigas lleguen a la copa del árbol o el rosal.

En ese ámbito, Doña Delia, no era una más. Era una persona distinguida, y en sí, todos los componentes de su familia, también lo eran, porque quien no conocía a Don Mario, nunca había pasado los límites del Barrio, y era imposible no verlo con su ropa de trabajo, pintando su casa o cortando el pasto. Quien no sabía de Liliana, entonces no sabía nada de Educación, y además era mi compañera en las clases de Guitarra con Norma Ilarraga, y quien no conocía a Adriana, entonces no sabía nada de sueños, porque realmente su gracia era única. Además bailaba en el Ballet Estable de la Municipalidad de San Martín, y el día que la vimos actuar, en un acto de la escuela, casi me muero. Estaba Divina. Ese mismo día, Doña Delia, viendo a mi hermana moverse debajo del escenario, al compás del Ballet, llamó la atención del Profesor Osvaldo Castro Lucero, para que viera esa maravilla, y quedó encantado con la gracia de mi hermana, y enseguida busco a mi Madre, para invitarla a los ensayos del Ballet e incorporar a mi hermana; claro que para eso, debía estudiar danzas, y de paso…..llevarme a mí, que de la vergüenza, estaba detrás de mi Madre, pero el destino me gambeteó y al tiempo, también estudié Folclore, y pasé a formar parte del ballet.

Así eran las cosas por entonces. Así era Doña Delia.

Conforme pasaban los años, aquellos chicos del barrio, crecimos con la dosis barrial de la época. Muchos juegos en la calle, paleta, remontar barriletes, tiradas en los carritos de rulemanes en las cortadas con bajadita que había en la zona (porque aquellas calles, descargaban en el ya entubado arroyo reconquista), escondidas por las noches, carnavales en el verano y cuando íbamos ingresando a la adolescencia, cambiábamos las bolitas y las figu, por sentarse en el porche de la casa de alguno a mirar pasar la vida, o en el colmo de la transgresión sentarnos en una esquina con una guitarra a cantar confesiones de Invierno o el Blues del Levante, ni hablar si algún pibe se animaba a tocar un tema de Pappos Blues.

Ese ingreso gradual de los pibes del barrio a la adolescencia, nos fue formando en la academia de enseñanza Barrial, porque en la medida que los más grandes, alcanzaban información, la volcaban con el resto, porque lo que nunca hicieron fue abandonar la barra. Por eso, era un grupo multifacético, y poli rubro social, habíamos de todo en aquella esquina. Yo era el más chico, hasta la aparición de Raúl y Marito, pero los más grandes siempre me otorgaron el sitial de honor, y esa consideración era correspondida cuando me mandaban a espiar como estaba la hermana de un fulano, que ellos estaban interesados.

Cuando me tocó el turno a mí, de entrar por la puerta grande a la adolescencia, previo pasaje por la edad del pavo, donde me gradué con honores, no quedaba nadie detrás de mí, como para volcar toda la sabiduría que incorporaba, y encima mis viejos, habían podido, al fin, lograr crédito del Banco Hipotecario mediante, adquirir un departamento en el Barrio de Flores de Capital Federal, por lo que mi continuidad como miembro de la barra, se vio abruptamente cortada por aquella mudanza a fines de 1977.

Con 14 años recién cumplidos, mude mis sueños a otro barrio, a otra barra, pero mi esencia de chico quedó por siempre en aquella esquina.

Al tiempo de iniciado el ciclo lectivo en el año ’78, las autoridades del establecimiento educativo donde cursaba la Escuela Técnica, decidieron cuidar el estado de salud del alumnado, improvisando una revisación médica con aplicación de vacunas para elevar las defensas de los organismos de todos quienes pasamos por aquella revisión.

Allí me di cuenta de todo. Le comenté por lo bajo a un compañero si llegaba a ver, porque se podía apreciar que el enfermero le estaba poniendo a la jeringa una aguja enorme y no me explicaba para que…me miró como si fuera un marciano….. Entonces advertí que no había posibilidad alguna de negarse, y solo atiné a girar mi cabeza, revoleando los ojos, buscando a Doña Delia…. El que aplicaba las vacunas, portaba una jeringa Magnum con una aguja que jamás había visto…

Claro, si había sido cuidado toda mi vida, sin necesidad de ellas, porque Doña Delia aplicaba Vacunas e inyecciones sin agujas….