martes, 24 de junio de 2014

Don Jimenez


Don Jiménez, se recostó sobre el tapial. Quedó pensativo, mientras su mirada perdida, daba cuenta que la noticia recibida, no era del todo buena.

En realidad, la mirada la tenía siempre perdida, porque nunca bajaba la cantidad de alcohol que acostumbraba a beber, y el estándar de calidad del mismo, apenas estaba unos escalones por sobre el kerosene; solo quien bebía de esa inmundicia, era capaz de ahuyentar los mosquitos con el movimiento leve de algunas de sus axilas, que dicho sea de paso, hacía tiempo que no gozaban de higiene, y que se encontraban, siempre al descubierto, por lucir su muda, tipo musculosa antigua, llevando su hedor por donde quiera que vaya.

Su mirada, refería a que Doña Elvira, su compañera de toda la vida, había regresado del supermercadito, y no pudo comprar el litro de tinto espantoso, que garantizaba, no solo su sueño sino su permanente estado de ebriedad, desafiando las leyes físicas del equilibrio.

Caló hondo esa noticia en Don Jiménez. Albañil de profesión, veedor oficial de todo acontecimiento callejero, que ocurra entre las 16 y las 20, horario que lo encontraba todos los días, sentado en su umbral, mirando todo cuanto acontezca en su horizonte visual, que no era mucho, ya que su vista solo distinguía movimientos de figuras que alcanzaba a divisar, a una distancia aproximada de una vereda, a lo sumo el cruce de la calle.

El resto lo percibía por conocimiento del terreno y de las voces o formas corpóreas, y para no quedar mal, de tanto en tanto, ensayaba un saludo respetuoso, por las dudas que pasara algún conocido por fuera del radio de visión, y quedara como mal educado. Extendía su saludo con firmeza, con un BUENASSSS Don Cosme ¡!!! (Sabiendo que era Don Cosme el que pasaba y no otro) Si al saludar, lo hacía levantando un brazo, obligaba a los chicos, a desplazarse tres veredas para continuar con sus juegos, porque era el mismo aroma que se percibe, cuando se hierve Coliflor.

A mí, y todos los chicos del barrio, no nos llamaba por nuestro nombre, sino que nos chistaba como molesto, y de tanto en tanto, cuando me identificaba, me saludaba con firmeza con un BUENASSSS Nene ¡!!!, porque me conocía, sabía quién era, quienes eran mis padres, y donde vivía.

No pudo recuperarse de la conmoción de la noticia, y salió disparado, montado en su bici moto con motorcito a explosión de ½ caballo, a la búsqueda del litro que saciara su angustia, mientras su figura se iba perdiendo en el horizonte, Doña Elvira, le pegaba algunos gritos al aire, para hacerle saber algo que ya no pudo escuchar y no sirvió de nada, porque quiso el destino, y la bajadita de la calle que lo ayudara en el impulso, logrando una velocidad de crucero inesperada, y allí es donde Don Jiménez, abanderado del Orujo Vencido, advierte que no tiene frenos, y sin mediar espacio de tiempo, el bólido rompe la barrera del sonido barrial, alterando la parsimonia habitual, transformando a la calle en una pista, y a Don Jiménez en un inesperado motoquero, que nunca pudo dominar la Bici moto, y menos aún dominar su tambaleante estado, y visión escasa, que para esa altura del raid, ya no advertía cruces de calles, luces de mercurio, ni personas que se corrían de un lado a otro de la calle, vociferando insultos y maldiciendo al conductor intrépido.

En un rapto de sobriedad, intenta poner el pie entre los rayos de la rueda, para frenar la Bici Moto, pero apenas advirtió que estaba en ojotas, prefirió orientar el manubrio a un punto fijo, y continuar hasta que se acabe la calle o el combustible, hasta que, al frente, divisa su salvación.

Un final de calle, que no era más que el paredón de la estación de trenes, que para cuando lo tuvo a distancia de vista, fue demasiado tarde, para apelar a los frenos a pata, y se estampó de lleno, haciendo blanco perfecto justo al centro del paredón, dando fin a la odisea en la que estaba inmerso desde hace 10 cuadras.

El estruendo fue tal, que Doña Elvira que lo venía corriendo, lo escucho a dos cuadras, y entre la desesperación y la agitación por la carrera, no se alcanzaba a escuchar su voz, que gritaba, “Viejo, la Bici Moto no tiene Frenos…”

El Pobre viejo, quedo maltrecho, tendido en el piso, sin moverse, por las fracturas que tenían sus huesos. Lo llevaron rápidamente al hospital de la Ruta, y quedó internado varios días.

El parte médico, lo daba Don Baker, que trabajaba cerca de allí, y se pasaba todas las tardes a ver a Don Jiménez, y en su relato con pausa, nos dejaba evidencias de los avances de su lenta recuperación.

El mismo día que le dieron el alta, retomo sus actividades cotidianas. Ya no era el mismo. El tremendo choque le había dejado secuelas, pero nosotros lo veíamos igual que siempre. En realidad hubo algunos cambios, que estaban en las antípodas de su vida anterior. Se había acostumbrado en sus días de internación a higienizarse y por un juramento que había hecho a la Virgencita, no tomaría nunca más de aquel tinto.

Todo parecía estar igual…salvo un detalle, que me dio la certeza que Don Jiménez no era el mismo, por aquel día que pase por su lado, y me saludo con firmeza, con un BUENASSSS Don Cosme ¡!!!