martes, 24 de junio de 2014

El Diablo vivía enfrente de mi casa


Los primeros tiempos en la casa de Chilavert, compartimos la habitación con la Abuela Elena, y esa pieza daba a la calle, pero en realidad, daba al hall, que tenía una mampara vidriada, muy bonita, y era la única casa en el barrio que la tenía al frente. Por las noches quedaba iluminada por el reflejo de la luz de mercurio, que justo estaba al límite con la casa de Doña Angélica. Era gracioso, en verano, ver como se juntaban los bichos cascarudos y los sentías caer desde mi pieza.

 

Algunas veces, en especial los fines de semana, también dormía con nosotros en la pieza, la tía María Elena, la Hermana de mi Papá y mi Madrina. Tanto mi tía como la Abuela Elena, eran fabulosas narradoras de cuentos e historias. Tenían un particular talento, para relatarlas, y captar nuestra atención.

 

Tenían un encanto particular en sus relatos, que daba gusto escucharlas, porque dominaban el idioma gestual, hacían las pausas adecuadas, manejaban los silencios, que operaba muy bien en nuestra imaginación, y movían los brazos y las manos, como actuando el cuento.

 

Los cierres de las historias eran maravillosos, porque, en especial mi abuela, le asignaba ribetes como que entre la fábula, la ficción y la realidad, había una relación única y directa, y nos permitía identificar con el correr de los días a personas que coincidían con las de aquellos relatos, y ni hablar de situaciones, que eran deja vu de los cuentos de mi abuela.

Además no solo eso. Le daba también un poco de rima poética, que de seguro trajo de su Verona natal. Así nos dormíamos casi todas las noches.

 

Muchas veces, le pedíamos que cuente otro cuento, porque la historia que relataba nos daba miedo. Mucho miedo, porque eran reales, y la ventana de nuestra pieza, si bien daba al Hall, en realidad estaba al frente y daba a la calle. La pieza de mis viejos estaba al lado, pero la ventana daba al fondo de casa.

 

El frente estaba iluminado por la luz de mercurio, que casi, estaba en la puerta de casa. Pero era un barrio de provincia, y por las noches, lo único que se sentía era el ladrido de los perros de las casas vecinas, y el ladrido de Falucho, el perro de los Coria, era notorio, porque era constante, y sonaba como afónico.

 

En frente de casa, pero justo enfrente, había un terreno; estaba entre la casa de Doña Ester y de los García. Era como de 10 metros de ancho por 45 o 50 metros de largo. No se le conocía dueño. Alguna vez hubo un cartel de SE VENDE, pero nunca venía nadie. Pero el pasto, no crecía nunca. Extrañamente al contrario que el resto de las casas, donde apenas caía un rocío, al otro día los pastos llegaban hasta la medianera; en el terreno, nunca crecía el pasto.

 

Una noche que coincidieron mi tía y mi Abuela, nos contaron algo que nos cambió el sueño y nos obligó a orientar toda nuestra atención a nuestra ventana. La historia comenzaba así… “Una noche oscura, cuando todos los chicos dormían….” Y seguía con un detalle introductorio, que no pudimos más que atender y prestar toda la atención, porque esta historia, no parecía ser un cuento. Era lo más parecido a algo que realmente había pasado, y por como lo estaban contando, ellas sabían mucho más del tema..como si hubieran sido testigos de algo que no pudieron olvidar jamás.

 

Una vez que nos introdujeron en la historia, pasamos a ser protagonistas y centro de la misma, a tal punto, que nuestra respiración era imperceptible…en pleno desarrollo, la abuela nos congela la sangre, porque dice en su relato… “desde la raíz de su propia planta, el diablo salía por las noches a buscar chicos, que no hacían caso, ya que sus padres, no notarían su ausencia…”

 

Eso nos confirmó lo que hasta ese momento era una suposición. Eso había pasado de verdad y ellas sabían todo. Cuando en el medio del relato, interrumpimos, para preguntarles…su silencio fue terrorífico. Se miraron y al mismo tiempo dieron vuelta primero sus ojos, y luego su cabeza, para el terreno de enfrente de casa…

 

Como si algo las hubiera asustado, finalizaron la historia abruptamente, y nos dijeron que cerremos los ojos, para dormir, cosa que no pudimos hacer en toda la noche. Ese día, los perros ladraron más que nunca, pero en un momento el silencio gobernó la noche, y la oscuridad ganó el momento. Todo fue en un segundo, pero duró una eternidad.

 

Lo peor fue cuando sentimos la puerta de casa abrirse; la del frente, esa que era una verja que solía tener las bisagras oxidadas, y entonces el sonido de su movimiento, era inconfundible, así que no podíamos equivocarnos, cuando la escuchamos, y más aún, cuando sentimos la presencia de algo que se acercó hasta la mampara del hall, que antecedía nuestra pieza. Por un momento, intentamos espiar, para ver si podíamos ver alguna sombra, pero el terror nos dejó sin posibilidad de reacción, y nuestros movimientos, eran lentos porque los músculos endurecidos, no nos permitían otro movimiento. Tampoco podíamos gritar; el dormitorio de los viejos estaba apenas al lado del nuestro; lo separaba una puerta, a través del pasillo, pero la casa estaba oscura, y no nos animamos a salir.

 

No había viento, así que no pudo abrirse sola, y además porque tenía un pasador, que también se sentía cuando se abría la puerta, porque había que darle varias veces, y el chirrido del fierrito era un clásico, y todo eso fue lo que escuchamos..

 

Lo que hasta ese momento, distinguíamos con familiaridad, se llamó a silencio, y supimos entonces, que estábamos solos, frente a lo inevitable. Las manecillas del reloj a cuerda, que tenía Papá en su meza de luz, ya no se escuchaban como paso marcial, como todas las noches, sino que se paralizaron y estaban lejos de sonar a las 5 como todos los días.

 

Nos puso de frente a la realidad. Estábamos solos. Un embrujo se apoderó de la casa, de modo que todos quienes eran mayores, o bichos o cosas, que podían ser nuestro escudo, estaban controlados, fuera de nuestro alcance.

 

La luz de la calle, nos proyectaba las sombras de la noche, pero en esta ocasión, la oscuridad misma, se había apoderado de todo.

Con lo que me quedaba de valentía, salté de la cama, y me pegué a la ventana de mi pieza, para ver si podía mirar algo por las rendijas de la persiana. Mis ojos, como periscopio, recorrían todo cuanto podían abarcar. Mi hermana, tapada hasta la cabeza, me iba preguntando que se alcanzaba a ver, en voz bajita, casi imperceptible…

 

En ese instante, supo, que lo que estaba frente a mí, era el ser más horrendo de la creación. Lo supo, porque me quedé helado, sin movimientos, sin habla, y apenas con un gesto de mi mano, le hice saber que era el fin. La figura, ya no era una sombra, se presentaba con fiereza; su aroma era el de una letrina, y su aspecto era el infierno mismo. El paso era firme, pero sin cadencia, como que arrastraba sus feroces garras contra las baldosas..

El gruñir de su desgastado sonido, era patético, y como si esto fuera poco, frotaba su sudoroso cuerpo en la pared de la verja, frente a los rosales.. un espanto pocas veces visto, se presentaba frente a nosotros, y lo que nos había contado la abuela, se consolidó ante los ojos de dos chicos llenos de miedo.

 

A esta altura, ya no podíamos respirar del miedo y el temblor del cuerpo no nos dejaba mover ni pensar. Lo que no imaginamos era que el Diablo también tenía miedo de nosotros..nos dimos cuenta cuando cruzamos las miradas..y como alguien que tiene mucho miedo, bajó la vista de sus ojos vidriosos, y entre vergonzoso y temeroso, detuvo su marcha. Lentamente comenzó a retroceder sobre sus pasos, y lo hacía con cierto apuro. Sin pensar el motivo, comencé también a fijar mi mirada en su figura, y cuando fui en busca de la aprobación de mi hermana, al girar mi cabeza, lo que vi, no hizo más que darme fuerzas y confianza, aunque también me asusté un poquito. Un Crucifijo bendito, con un Rosario a su alrededor, colgaba de la pared de mi dormitorio, con un ramito de olivo, que había quedado del Domingo de Ramos, había sido colgado por mi Abuela Elena, y no es que dude de su Fe pero justo estaba orientado al terreno de enfrente..

 

La luz que entraba por las rendijas de la persiana iluminaron en el momento justo esa Cruz, y al darme cuenta, hice un agujero en la madera para que entre más luz; ahora sí, los sonidos, volvieron a ser sonidos, las agujas del reloj se escuchaban como paso marcial y el ruido de la madera rota, anticipó la hora de levantarse de mi Papá, que preocupado, pegó un salto de su cama, para ver que era lo que estaba pasando.

 

Al prender la luz, me encuentra rompiendo la ventana de madera, y a mi hermana tapada hasta la cabeza. No podía explicar lo que habíamos vivido. Menos aún porque estaba rompiendo algo sin sentido alguno. Me dio un sermón a modo de reto, me pidió que siga durmiendo que era madrugada, y con el ruido que estaba haciendo, seguro había despertado a los vecinos, y se marchó para aprontarse, ya que debía ir a su trabajo.

 

Al día siguiente, después de tomar el desayuno, recorrí cada lugar donde estuvo la bestia. El Rosal, lo combatió con su Belleza y sus espinas dejaron marca en su cuerpo. El Falucho, el perro de Doña Angélica, lo enfrentó con sus ladridos. Mi mirada lo asustó y se marchó para siempre. Nunca más tuvimos una noche como aquella, donde Don Coria, había llegado borracho de una de sus salidas nocturnas, y equivocó por una vereda su puerta, entrando por la verja al jardín de casa, pero fue tanto el despelote que decidió tirarse en el terreno de enfrente hasta que se haga de día..

 

Los años venideros, nos llevaron a vivir a otros lados. Dejamos aquella casa de nuestra niñez, y nuca olvidamos aquella historia. Después de 35 años, volvimos a ver la casita de nuestra infancia. Ya no era la misma. Estaba muy cambiada, edificada y mejorada. Ya no estaba la verja del frente. No estaba la mampara, y el hall, estaba al descubierto, con otra persiana, que daba al frente. Pero hubo algo que quedó: el terreno de enfrente, que seguía con el cartel de SE VENDE, y la misma maleza por donde alguna vez solía salir por las noches el Diablo..y Don Coria le usaba la cama cuando llegaba demasiado tarde..