viernes, 13 de febrero de 2026

El pacto de la farola


La luz es tenue, las lámparas apenas iluminan los rostros. El bullicio del lugar se apaga como si todos supieran que algo importante ocurre en esa mesa.

Tres hombres se sientan frente a frente. Trajes oscuros, corbatas sobrias. Sobre la mesa descansan copas de vino tinto y un cenicero con cigarros a medio consumir.

Don Eduardo líder del clan inspira a sus laderos. “La amistad es un lujo, muchachos. Pero los negocios… los negocios son cuestión de vida o muerte”

El cano, sonríe, pero sus ojos de habla sutil responden “Entonces brindemos. Por la lealtad que se dice y la traición que se calla”

El gordo, acariciando el borde de la copa, astuto zorro, acota “El silencio vale más que mil promesas. Aquí, lo que se acuerda, se cumple… o se paga”

Un derredor de sombra pinta la sentencia e ilustra la imagen, sellada con un brindis. La pesadez del silencio se instala como bruma. Las sombras en la pared parecen escuchar las miradas. El sonido del pibe lavando la vajilla se atenuó por un mórbido silencio, la pitada del último cigarro del viejo de la mesa del rincón dibujó la bocanada en el aire. Afuera, la ciudad sigue su curso, ajena al pacto que acaban de sellar.

Con la misma actitud que ingresaron al salón, se retiraron, saludando con un leve movimiento de cabeza. El cano y el gordo, secundando a Don Eduardo hasta su vehículo para después perderse en la noche. Cuando se haga de día, seguro que alguno los encuentra (padecen del síndrome de Nano)

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