
La luz es tenue, las lámparas apenas iluminan los rostros. El bullicio del lugar se apaga como si todos supieran que algo importante ocurre en esa mesa.
Tres hombres se
sientan frente a frente. Trajes oscuros, corbatas sobrias. Sobre la mesa
descansan copas de vino tinto y un cenicero con cigarros a medio consumir.
Don Eduardo líder
del clan inspira a sus laderos. “La amistad es un lujo, muchachos. Pero los
negocios… los negocios son cuestión de vida o muerte”
El cano, sonríe,
pero sus ojos de habla sutil responden “Entonces brindemos. Por la lealtad que
se dice y la traición que se calla”
El gordo, acariciando
el borde de la copa, astuto zorro, acota “El silencio vale más que mil
promesas. Aquí, lo que se acuerda, se cumple… o se paga”
Un derredor de
sombra pinta la sentencia e ilustra la imagen, sellada con un brindis. La pesadez
del silencio se instala como bruma. Las sombras en la pared parecen escuchar
las miradas. El sonido del pibe lavando la vajilla se atenuó por un mórbido
silencio, la pitada del último cigarro del viejo de la mesa del rincón dibujó
la bocanada en el aire. Afuera, la ciudad sigue su curso, ajena al pacto que
acaban de sellar.
Con la misma
actitud que ingresaron al salón, se retiraron, saludando con un leve movimiento
de cabeza. El cano y el gordo, secundando a Don Eduardo hasta su vehículo para después
perderse en la noche. Cuando se haga de día, seguro que alguno los encuentra (padecen del síndrome de Nano)











