viernes, 23 de enero de 2015

El Orlando se cayó del Techo !!!

Quién sabe. Vaya a saber el motivo; pero todos los pibes, en algún momento (en especial, los que no teníamos terraza), nos subíamos al techo de la casa.

Nos encantaba. Era una especie de mirador, más cuando el barrio tenía relieves, por los arroyos y las quintas que te permitía otear el horizonte.

 
Sin barandas, ni escaleras, era un desafío que ponía en juego no solo el valor para encarar la escalada y explorar nuevas formas de trepar, sino para establecer métodos acrobáticos no aprobados por las leyes de la física.

 
Obviamente, eso no era gratis. Porque aun cuando tu vieja no te veía o no te escuchaba, siempre había algún vecino que le llevaba el dato…lo cual daba inicio al protocolo de los mil retos que mi vieja disponía, que iban desde “HOY NO SALIS”, hasta “VAS A VER CUANDO VENGA TU PADRE”

Siendo este último la pena de máximo rigor

 
Ciertamente es que cumplida la pena impuesta, ese mágico misterio que tenía de ir a ver que había detrás de todas las cosas, movilizaba mis células hasta experimentar la adrenalina de escalar hasta lo más alto del techo, que era el tanque de agua.

 
Desde allí se podía ver claramente, la casa de Javier, que estaba del otro lado de la quinta, por la calle San Pedro y hasta nos llegamos a comunicar con movimiento ampuloso de brazos, como quien hace señales marítimas pero sin banderolas. No podíamos emitir gritos, porque nos daba la cana. Así que la cosa, estaba en identificar los lugares buscados y grabarlos en tu cabeza como un mapa, para que desde la planicie te ubiques y sepas para donde tenés que agarrar si llegabas a necesitarlo.

 
Esta rutina, se hacía a la hora de la siesta. Siempre era así. Me gustaba sentir la brisa en el rostro, y como mayor transgresión, asomarme a la casa de Doña Angélica y hacer pis desde allí arriba. Era como un trofeo mostrado al barrio. Una mezcla de Libertad y Poder

 
Por eso, todas las madres de los chicos que teníamos relación, nos daban el mismo sermón. Que no subamos. Que algún día nos iba a pasar algo. Etc. Hasta inventaban historias macabras de chicos de otros barrios que tuvieron terribles accidentes por subirse al techo, sin decirle nada al Papá y a la Mamá.

Ya eso, nos daba aliento para animarnos a más, porque sabíamos, se notaba a la legua que era un verso, una artimaña de las madres, para amedrentarnos.

 
Pero como eran Madres, tenían a su favor que las cosas que decían se convertían en ciertas….y así pasó.

Aquel día, llegó mi vieja del mercadito de Rego, con el rostro desfigurado de haber llorado y una cara de susto tremenda (las madres de aquella época eran algo tremendistas; cosas que aprovechaban para sacar cierta ventaja)

Pero parecía que no pasaba por allí. La noticia estaba confirmada. Mi Mamá me llevo hasta la cocina, y antes de contarme me hizo jurarle que Nunca más me treparía al techo.

Juro que dude en prestarle juramento, porque esa aventura, en mi caso, no era una actividad temporal en la hora de la siesta, sino que era un refugio de las corridas para escaparme de mi vieja, cuando encaraba con ojota dominada, para hacer justicia por mano propia. El techo era ideal, porque mi vieja no trepaba; no tenía por donde subir y no teníamos escalera; así que una vez que en dos saltos yo llegaba a la cima, le miraba como gato asustado desde arriba, como proliferaba la cantidad de amenazas nunca llevadas a cabo, prometidas para cuando me canse y baje, ya que a su decir “YA VAS A BAJAR….” Lo cual era cierto, porque si bien tenía solucionado el tema de hacer pis, el resto de las necesidades las tenía dentro de la casa.

Así que mientras yo pensaba en todo esto en una fracción de segundos, mi Mamá empezó el relato de lo acontecido.

 
Empezó sin introducciones. EL ORLANDO SE CAYO DEL TECHO ¡!!

Hasta ahí, parecía ser un hecho irrelevante; pero cambió la carátula cuando prosiguió con el detalle del hecho. EL ORLANDO SE CAYO DEL TECHO, REMONTANDO UN BARRILETE ¡!!

 
No era una artimaña; lo comprobé cuando pude escuchar la sirena de la ambulancia, que se lo estaba llevando al hospital.

Pobre Orlando. Este era un Duro, y un atrevido. Cómo le vino a pasar esto ¡??

Remontando un Barrilete ¡!??

La verdad que me llamaba la atención, porque el Orlando, ya hacía tiempo había dejado de hacer esas cosas. Ya trabajaba en la carpintería junto a su Padre y hermano mayor. Había adquirido otra madurez. Era uno de los pesados. Que corno hacía remontando un Barrilete ¡??

No podía dejar de preguntarme eso

Delante de mi vieja, no me salía palabra. Sabía íntimamente, que esto condenaba mis intenciones futuras de continuar mis aventuras por las alturas de mi casa.

La pucha ¡!!! Que macana ¡!! Porque encima el que se vino a caer, era el más avezado para estas actividades. Una especie de líder, que lo anteponíamos como estampita cuando empezaban los rezongos hogareños; que íbamos a decir ahora ¿?

Peor fue cuando lo trajeron a la tarde. Estaba hecho pelota. Parecía la momia. Le enyesaron el brazo derecho, la muñeca izquierda, tenía un vendaje en la cabeza, y le cosieron la lengua, lo que hacía dificultoso entablar una conversación  con el Orlando, que fiel a su valentía rebelde, no se entregó al descanso diagnosticado por los médicos, sino que se paseaba por el barrio, orgulloso de sus heridas.

 
La verdad que daba un poco de cosa verlo. Porque a la imagen monstruosa se le sumaba un extraño balbuceo cuando intentaba hacerse entender.

Claro, con la lengua cosida, no debe ser fácil hablar.

Causaba entre impresión y gracia verlo. No tuvimos tiempo para darle ánimos, porque enseguida comenzó a contarnos cómo fue que se cayó

 
Ahí nos dimos cuenta de lo que pasó y aun cuando contáramos eso en casa, como testimonio que el supuesto peligro del techo no tuvo nada que ver, para ese momento las madres ya habían clausurado para siempre la temporada de hacer cima en el tanque de agua.

 
Había ocurrido que el Orlando, no pudo contener la tentación de remontar el barrilete de su sobrino, porque había escuchado que desde los techos de las casas del otro lado de la quinta se podía ver nítidamente todo…y quiso aprovechar para dejar sentado como quien llega a la luna o escala la cima del Everest, que él había llegado más alto que alguno de nosotros… y en realidad llegó más bajo que ninguno porque terminó estampado contra el piso con el Barrilete de frazada.

 
Nos queríamos matar…en el paso que iba dando para atrás para soltarle hilo al barrilete que tomaba vuelo, supo cuánto eran 4 metros de altura…

 
Gracias al Orlando, ese día aprendimos que quien tenga la ambición de llegar muy alto debe conocer los límites por donde puede transitar…y no debe olvidarse cuanto se aleja del piso…