domingo, 31 de mayo de 2015

Cosa de Chicos

Así solían decir las madres de la época.

Los pibes del barrio, éramos en el más o menos, todos parecidos.

Seas de donde seas, si eras parte de la barra, corrías la coneja de igual modo que el resto.

Tanto, que te dabas cuenta que día era sin siquiera fijarte en el calendario, porque las quincenas flacas, agotaban los recursos hogareños, cerca del 20 de cada mes, así que a partir de ese día, todos andábamos bolsigeando, ya que nunca tuvimos un cobre, para darnos corte.

No había alguno que se distinga del resto, por su riqueza. Más bien, si había algo que a alguno lo hacía diferente, era por alguna destreza demostrada o por alguna transgresión comprobada

Caso contrario, era sometido al más severo de los juicios por los más grandes de la barra, y hasta podías perder los fueros como integrante de por vida.

Era fácil ser parte de la barra, y que te acepten como uno más, en tanto y en cuanto, reúnas algunas cualidades humanas

La primera, no ser cagón. Casi que la única, porque el resto se desprendía de esa. Descartado estaba ser buen pibe, el resto de tus virtudes, las ponías en juego a diario, como quien rinde exámenes finales en la facultad.

En verano todos andábamos en cuero. Ya salías así de tu casa. Nada de andar sacándote la remera cuando recién te aparecías por la esquina, porque era síntoma de flojera; de falta de convicción.

Imagínate ¡!!! Que comerte una verdugueada gratis, por una minucia.

Por eso, las internas de las barras, nunca llegaban a tu casa, a oídos de tu vieja, porque era otro tribunal, el que te juzgaba.

Nada de eso. Era tremendo pasar por un interrogatorio de la barra.

Como también era tremenda, la suscripción de socio, que sin carnet, más que el permiso sagrado de pertenecer, renovabas todos los días.

Era muy grande la responsabilidad, como lindo estar ahí. Porque una vez, que te ganabas la confianza, te cuidaban, te enseñaban cosas de grandes.

Una vez, el hermano de una compañerita de mi hermana, dio una clase magistral de cómo encarar una mina.

Era un grandote impresionante. A mí me decían enano, así que estaba en presencia de Goliat. Un fortachón con cara de malo, y bravísimo jugando a la pelota. Cuando caminaba por el barrio lo hacía de costado, porque no entraba en las veredas, porque eran angostitas.

Manejaba un auto más largo que el de Batman, que hacía un ruido tremendo. A mí me tenía visto de la barra, y me gané su respeto, un día que ayude a su Abuelita (yo no sabía que lo era), y a partir de ahí, me gané su protección. Pero tampoco era cuestión de abusarme de eso.

Un mañana de muchísimo frio, que salí tarde de mi casa, caminando para el colegio. Me tocó bocina, y con un gesto con las cejas me invitó a subir para alcanzarme. Él nunca supo que yo sabía QUIEN ERA su hermana.

Para que ¿? Era sacar un pasaporte al hospital de la ruta…

Más bien pasar desapercibido, llamarte a silencio y aprender a ser

Otro de los integrantes más grandes de la barra, que me daba refugio, era uno que se metió a colectivero de la 237, y lo enganchaba cuando iba o volvía de José León Suarez, de la escuela Secundaria, y no me cobraba boleto.

Con un guiño me hacía pasar de largo. Él se haría cargo si subía el chancho a ´picar boletos.

Porque me dejaba pasar ¿? No solo porque me tenía de la barra, sino porque sabía de mi cercanía con Viviana, la hermana del Gustavo, y como yo era atrevido me usaba de carnada para atraer a su presa.

Así de simple. Favor con Favor se paga.

Por lo que cuando estaba en casa de Gustavo, no paraba de hablar de las bondades de este pibe, para que la Vivi las tuviera en cuenta.

El tema era que Vivi tomaba el 190, y no tenía registrado al citado colectivero, ni a la voz que se escuchaba desde el fondo de su casa, cuando ella estaba en su dormitorio…

Cuando el flaco me preguntaba, si le hable de él, a la Vivi, se encontraba con una respuesta semejante a un cuento de las mil y una noches… (Se ve que era convincente, porque nunca sospechó de nada).

Pero la barra tenía que sortear la peor de sus pruebas. El más grande de los desafíos. Aprobar el ingreso a la esquina de un nuevo integrante.

Un flaco de otra esquina…

Terrible momento para los líderes, y para todos nosotros porque de esa decisión, podía romperse la mística y la comunión existente

Podía perderse la Fe en las creencias y la confianza depositada en los más grandes.

El pibe que llegaba, tenía actitud y proceder sospechoso. No se parecía en nada a todos nosotros. Encima calzaba zapatillas de marca, y lucía distinto.

Para empezar, en la barra, nadie, pero NADIE sabía el apellido de cada uno de nosotros.

Nos manejábamos, con los apodos, los nombres de pila (el más conveniente si tenías más de uno), la referencia de donde vivías, si eras el hijo de tal o cual o a que escuela ibas. Pero de apellido ni hablar.

Este flaco no tenía apodo, ni sabíamos nada de él. Poco contaba y nada decía, por lo que pensamos que era un infiltrado de otra barra, con intenciones de desbaratarnos; se dio cuenta el Güido y lo encaró feo.

El Güido era el peor hablado de todos; no por mal educado, sino porque los viejos eran tanos, y poco se hablaba en criollo en su casa; así que balbuceaba un extraño dialecto que solo nosotros entendíamos. En otros lados, lo daban como bobito, pero era guapo y jugaba muy bien a la pelota, en alpargatas. Metía como loco, y alguna vez me comí un coscorrón de su parte, que por bancármelas como un señorito, me gane su respeto y el de todos.

Lo cierto es que a este flaco, lo encaró feo y en su extraño hablar, le espetó: “QUI FA”; algo así como a vos que te pasa ¡!!

El muchacho, no se quedó atrás, y lo tomó de la nariz, porque el Güido era narigón, y sacudiéndolo lo dejo sin palabras, cuando le dijo…NO TE METAS CONMIGO…

Decir que intercedió el Bachi, que apaciguó los ánimos, y casi cuando estaba por aceptarlo en la barra, se apareció el Roberto en la esquina

Conocía al pibe; sabía de sus oscuros procederes, y no era trigo limpio.

Resulta que nos hizo saber, que para darse corte señorial acostumbraba a hacerse pasar como integrante de nuestra barra; eso ya nos cayó mal; quien se cree que es este ¡!??

Lo peor, que contó Roberto,  enfrente del ñato este, es que en un partido caliente, pegó de atrás y se escapó; que en un baile de carnaval, invadió una mesa de pibes más chicos, y les cobró guita si querían formar  parte de esa mesa,
Para peor, cayó el colectivero, y se pudrió todo; porque lo conocía más que el Roberto; resulta que el flaco se le colaba sin pagar en el colectivo, y alguna vez se comió una suspensión por su culpa, en el recuento de guita.

Cuando se puso brava la cosa empezó a negar todo, mientras retrocedía buscando un refugio que no tenía.

No dimos cuenta que era un farabute; una basura y un distinto, pero no por sus destrezas, sino por no cumplir el primer requisito de la barra.

Los más grandes lo sacaron a las patadas, y el Güido se encargó de darle cierre al desgraciado episodio desquitandosé con un par de cachetazos.
Cuando el flaco lanzado en veloz carrera ya estaba a una cuadra, nos dimos cuenta que era un Cagón.
Era obvio que no reunía los requisitos para ser parte de la barra.

Cosa de Chicos…