Bravos. Viejos soldados del Escuadrón de Caballería Blindada. Domaron los vientos de la estepa patagónica. Elevaron su voz en tiempos de silencio. Llevaron la esencia de pibes de barrio. Juraron defender a su Bandera y jamás renunciaron a ese privilegio. Honraron el momento que les tocó vivir y sellaron para toda la vida una hermandad. Pero… algo se quebró. Hubo miembros del escuadrón que, a cara descubierta, ejecutaron su plan. Un plan que se fue gestando con los años y se acrecentó hace un par de décadas. El día pactado era la celebración del natalicio de dos de los tres soldados conductores motoristas de la Unidad de Combate MOWAG. Justamente en reprimenda a su actitud. La que ofendió las vísceras del sentimiento de los otros. El mismo sentimiento que se forjó en los campos de Río Mayo. Era “el momento” para hacerles sentir el rigor de su traición.
Los tres soldados conductores motoristas de la
Unidad de Combate MOWAG fueron sentenciados por el conclave tribunalicio, denominado
como “La alopecia de los Cuatro” y fueron encontrados culpables por absoluta mayoría
bajo el cargo de ser los únicos tres que tienen abundante cabellera, sometidos
a tareas forzadas en campo, iniciar el fuego y estar conminados de guardia en
la Parrilla.
Que conste en actas la evidencia. Se hizo Justicia

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