martes, 24 de junio de 2014

Un Cuento de Navidad

Se sabe. Mi Viejo ha sido, quien me enseñó en silencio. Hombre de pocas palabras. Poco demostrativo. Ariano hasta en la manera de respirar, me dejó en su ejemplo y manera de comportarse muchas lecciones que hoy toman vida, y recobran actualidad, en especial, en esta época de celebración donde todos nos confundimos en abrazos, saludos emotivos, reflexiones alusivas, y demás.

Cuando transitaba mi adolescencia, pasamos las fiestas en el campo, en la casa de mi tía Chicha, en  Moquehuá, una localidad de la Provincia de Buenos Aires, cercana a Chivilcoy.

Mis primos más chicos, habían recibido sus regalos de Navidad, y jugaban con ellos, con un disfrute que invitaba a jugar con ellos, cosa que hice, sin ningún tipo de vergüenza. Pelotas, Paletas, Juegos de Mesa, adornaban el árbol navideño.

Uno de los chicos, había venido desde otra ciudad cercana, y era el nieto del hermano de mi tío negro, y se notaba una diferencia, de vestimenta, trato y habla, que marcaron al resto y cortó el aire. El nene, traía consigo un regalo impecable, único, que llevó la atención de todos, en especial de los más chicos, porque realmente atraía. Se trataba de una Metralla, de gran dimensión, y color similar a las de combate, con sonidos reales, mira telescópica, láser y recarga automática. Un lujo, que ni Rambo había soñado. Claro que esta criatura, ni de casualidad soltaba esa pieza que cautivó todas nuestras miradas, aún la mía, y la cosa empezó a tornarse un tanto…complicada.

Nosotros, éramos visitantes y no podíamos interceder en intereses familiares ajenos, pero la verdad que hasta mi Tío Negro, que era un Santo, se calentó con el mocoso, porque no largaba la prenda. Empezaron los cuestionamientos. “Porque no le prestas a Juan Manuel, si siempre usas sus juguetes..??” pero nada. El pibe estaba firme y parecía que nada ni nadie le sacaría su arma.

Hasta que mi Papá, sin hablar, solo en un rincón del campo, se fue hasta al lado de una alambrada, y arrancó uno de las espigas de pasto más largas y de gran porte, y comenzó a disparar, emitiendo sonidos impresionantes. Confieso que hasta yo, que lo conocía me quedé helado. Los pibes dejaron de hacer todo lo que estaban haciendo, y se fueron acercando mientras mi viejo, seguía tirando tiros, hasta que el que no largaba prenda, le preguntó qué estaba haciendo. Mi viejo, le respondió sin mirarlo (era un maestro en eso), y le dijo sin dejar de disparar: “esta es un arma súper secreta. Dispara rayos láser a los marcianos, y no la tiene nadie más que yo”. El pibe tiró al piso la metralla única e impecable y le rogó a mi viejo, que le dejara tirar con esa espiga de pasto….

El mejor regalo de aquella Navidad, fue el mío. Mi viejo me regaló un pedazo de Humildad y grandeza que guardo en mi corazón desde aquel día.

Feliz Navidad. Paz y Bien


Mirá quien habla

Una de las riquezas más grandes del Ser, pasa por su expresión

Tal vez, es la herramienta más poderosa con la cuenta, y así hay aún quien piensa “a mi no me sale decir las cosas”; y no es que se trate de una limitación propia de su persona, sino que ignora cuantas maneras tiene para decir lo que es, siente o piensa. 

Poemas épicos. Palabras sinceras. Diagnósticos médicos. Exámenes. Piropos. Insultos, y demás formas demuestran lo afirmado. 

El hombre y la expresión transitan por caminos, cuyos aspectos, la dotan de terminologías o señales, que terminan siendo conocidas y aceptadas, aún cuando lo establecido, sea el habla y la escritura.- 

Un bebé, desde su nacimiento, debe hacerse entender, por instinto. Llora por hambre, no habla para expresar sus dolores, pero nos hace pasar varias noches sin dormir, y desde luego que hace notar, como funciona su organismo, cuando tomamos la decisión de cambiar los pañales rápidamente… 

Quién le ha enseñado ¿?? Cómo sabe ¿?? Sin embargo, nos tiene atentos, para comprender su forma de expresarse. 

Una Mujer, se expresa, mediante su belleza, y aún más por su Inteligencia. 

Pero cuando se produce, que esta diciendo ¿??? Veamos. Quien no recibió la famosa y tenebrosa pregunta: “Viste que me hice reflejos en el cabello ¿???”, la respuesta equivocada, o no esperada, desemboca en un terrible episodio, donde se hace gala y abuso de la expresión.

Pero concretamente, nos esta queriendo decir algo. Hay que saber mirar, o leer la situación, para determinarlo. Pero se expresa. 

Un hombre que utiliza musculosas cada vez más reducidas, pretende mostrar su atributos musculares, que traducen sus largas horas de Gym. El tipo suele recibir respuestas afirmativas desde las imágenes de los espejos del Gimnasio, pero busca aprobación popular, y se promociona en su andar egipcio.- 

Acaso el pintor, no se expresa en el lienzo ¿?? Quien no se conmovió, desde el color, hasta los trazos. Quién no se trasladó con su mente, hasta el lugar que le propuso la imagen ¿?? 

El ballet, ha sido por siempre, la expresión por excelencia. La música, desarrolló niveles de comunicación tan perceptibles y sonoros, como sensibles notas en pentagramas, solo perceptibles, para almas sensibles. Charles Chaplin, sabio señor del arte, elaboro un concepto primario y genial, a través del cine mudo, pero sus movimientos dejaban una estela mágica, captada por millones. 

No apreciamos el decir silencioso de los maestros pasteleros, en la obra maestra de una media luna ¿??? Quien dijo que los viñateros no dejan señales en sus bondadosos manjares sellados en su impronta Malbec, Cavernet Sauvignon, Chardonay ¿??? 

Pero los más simples, suelen traducirse como los más complicados de expresarse y de comprender, en casos, donde el intento, por conquistar un amor, y plasmar en latidos, todo cuanto el corazón transmite. Es allí donde aparece otro aspecto de la expresión, que es el sentimiento. 

Aquí, hay que doctorarse con calificaciones de honor. Pero sobre todo, hay que saber sentir al otro, y comienzan a tallar situaciones asociadas a lo sensorial, a lo estrictamente mágico, a lo místico. 

Quien no ha mirado a los ojos a una Mujer, nunca entenderá lo que es sentir, y comprender.

Ciertamente se puede afirmar, que quien no ha logrado comprender, ese mensaje, pues se quedará sin saber que lleva una persona en su interior.

Los ojos, son la primera señal, y muchas veces a los gritos, de que es lo que una persona quiere expresar.

Seguido por las emociones, el cuerpo clama por ser escuchado, deja claras evidencias, cuando quiere establecer contacto con el medio. 

Tomarse de la mano, refleja el intercambio de expresiones más silencioso, y más emotivo jamás visto, solo superado con un beso, que amalgama, un sinnúmero de palabras, sin decir una sola de ellas. 

La intensidad de un abrazo. La lágrima que brota en una despedida. El amor, puesto de manifiesto, en actos pequeños, como obsequiar una flor, o regalar una sonrisa, establecen más y más formas de decir. 

Quizá por eso, hay palabras que resumen mucho y que dicen todo.

La estafa

El invierno marcó aquel día frío y gris. Eran horas de la  tarde; ya estaba oscuro pero no era la noche que marca el fin del día.

Un viento que olía a humedad, cortaba el rostro de quienes estaban allí, con sus miradas atónitas, entre sorprendidos y molestos. 

Pronto se acercó más gente a mirar, a ser testigos de lo ya ocurrido. Pronto la escena se llenó de Policías, que no permitían pasar, y poco se podía ver, porque enseguida protegieron el lugar con unas vallas. 

Algunas voces, se animaban a contar su propia versión de los hechos. Otros exageraban los términos, y muy pocos, seguían en silencio.

La verdadera historia, comenzó exactamente una semana atrás. 

Marcos, había llegado de trabajar, cerca de las 18. No vivía muy lejos de su trabajo, pero siempre se quedaba un rato más, para acomodar algunas cosas, para arrancar al otro día sin su escritorio desordenado.-

Soltero y sin compromisos, Marcos, que no llegaba a los 40, aún no había consolidado su idea, que era la de conocer a una chica, y formar una Familia. 

Su Madre, había muerto hace un año, y no tenía hermanos. Algunos primos, lo frecuentaban, y sus tías viejas de tanto en tanto, lo mimaban con algún frasco de dulce casero, por ellas mismas preparado. 

Tipo pulcro, prolijo. Nunca había fumado. Siempre respetaba sus horarios y los ajenos. Respetuoso y formal, solo se permitía algún desarreglo, los sábados, que tomaba cerveza con amigos. 

Hombre de rutinas, hábitos y costumbres; parecía ser uno más entre los vecinos, que poco conocían de Marcos. Solo que era muy educado y atento. 

Había estudiado hasta la escuela secundaria en el Comercial al que asistían todos los chicos del barrio, destacándose en Contabilidad, razón por la cual, al recibirse de Perito Mercantil, hizo 2 años en la Universidad, pero abandono, cuando se decepcionó con la carrera, y así fue que postergó sus sueños de Contador Público Nacional, y lo reemplazó con un terciario en computación, que le permitía tener un título para defenderse en la vida. Como se había salvado de hacer el Servicio Militar, por su Asma, le permitió hacer de corrido aquellos años. 

Su primer empleo, fue a los 13 años y había sido en el supermercadito que quedaba a la vuelta de su casa. Fue allí porque su Madre, que era habitual clienta, ya había hablado con uno de los dueños, porque no quería de vago a su hijo en las vacaciones de verano.

Arreglaron unos pesos y unas horitas por día, los sábados incluidos, para atender la fiambrería, acomodar la mercadería, recibir los pedidos y acomodarlos en el depósito, y hacer las entregas a domicilio, cosa que más le agradaba, ya que lo hacía en bicicleta, y se tomaba su tiempo para reducir la jornada de trabajo en el negocio. 

Por eso, Marcos, siempre miró de reojo a sus Padres, en especial a su Madre. Porque sentía que le cortó la inocencia y libertad de su niñez y adolescencia, a pesar que le estaba agradecido también, porque le inculcó el trabajo como medio para ganarse el pan. 

Su juventud, transcurrió entre el estudio y el trabajo. Alternando salidas con alguna noviecita, que poco le duraban, porque Marcos, había forjado un carácter como el de su Madre. Entonces, las cosas debían hacerse como el decía, a su modo, y eso era un factor determinante, para que no le duren las novias. 

Con los amigos, era diferente. Entonces, esa faceta no la exponía; un poco porque con los amigos, no hay intereses en juego. El sentimiento era otro, y también porque conociendo a Marcos, no le daban oportunidad para que se manifieste y empiece a querer modificar las cosas a su manera. 

Tal vez, ese fue el primer alerta. Seguramente marcó el rojo en el semáforo. Pero quien, pudo darse cuenta, o atender la situación, hasta entonces dotada de absoluta normalidad. Pero la verdad, es que se había modelado en Marcos, a un caprichoso potencial, que puesto a prueba era capaz de llegar a límites muy peligrosos, para el y sobre todo para quienes estaban cerca. 

Lo cierto es que al llegar al umbral de sus 40, Marcos se mostraba como un tipo tranquilo, calmo, formal y respetuoso. Poca vida social se le conocía, lo que lo hacía a la vista ajena un tipo como cualquiera, normal. 

Aquel día de trabajo, llegó a su casa, ordenó la cena, temprano, porque quería acostarse antes de las 22. También quería helado, y como había estado en la oficina todo el día, decidió bajar a comprarlo, ya que la heladería estaba justo en uno de los locales debajo del edificio donde habitaba. 

5 pisos por escalera, lo depositaron en planta baja. Se miró al espejo, acomodó su cabello y barba candado, cuidadosamente cortada, y salió a la calle.

Ingresó a la Heladería e hizo su pedido en la caja. Esperó por su turno, mientras miraba los gustos, para elegir. 

A su turno, hace el pedido. ½ kilo de Crema Rusa y Pistacho. Decide quedarse en la puerta hasta esperar al delibery, con su cena. Había pedido una porción de Pollo con ensalada, sin condimentar, porque Marcos cuidaba su salud. 

Puso el mantel en la mesa. Decidió cenar escuchando música, en lugar de mirar la TV. Se tomaba su tiempo para cenar, pese a hacerlo solo.

Lavó los platos, acomodó las cosas y se fue a dormir. 

Siempre conciliaba rápidamente su sueño. Pero esa noche no lograba dormir. Pensaba que era porque ceno más temprano que lo habitual, y al acostarse más temprano, no hizo la digestión. Se levantó un par de veces. Intentó apagar la televisión, para que no hubiera ruidos. Pero no lograba dormir. 

Finalmente decidió leer, para conciliar el sueño. Eligió un libro de mística hindú, y se acomodó sus almohadas, para que la luz del velador no le haga sombras a las hojas del libro. 

Fue allí donde sintió algo en lo más íntimo de su ser. Advirtió su soledad. Las manecillas del reloj no paraban de gritarle lo solo que estaba, Era lo único que se escuchaba en la noche silenciosa, y replicaban en sus oídos una molestia que hasta allí nunca había sentido. 

Sintió miedo, angustia. Sintió dolor y vacío de ausencia y sus lágrimas confirmaban todo aquello. Como un chico, necesitó la presencia de sus Padres, para que lo protejan, para que ahuyenten aquellos fantasmas. Pero estaba solo y por primera vez lo había advertido. 

No pudo dormir. Encontró la luz del día entre llantos y sollozos. Se castigó duramente, por el tiempo perdido. Pero sobre todo, distinguía a su Madre, como la culpable de su presente. Asistió en primera persona a su realidad. Aquella que había estado viviendo por más de 15 años y nunca tuvo necesidad de apreciar. Estaba demasiado ocupado como para ello.

Fue a trabajar como pudo. No se afeitó. Caminó las cuadras que lo separaban de la oficina, y su rostro era el de un tipo ido. Le hablaron algunos compañeros, y apenas se escucho su voz. No quería que pase el día, para llegar otra vez a su soledad. Temía pasar la noche solo. El miedo le ganó el centro de gravedad de su ser. El odio comenzó a disparar y entonces ya no solo era su Madre, sino también aquellas maestras de escuela, que las hacía cómplices de Lucía, su Madre. De los tres hermanos Rego, dueños del supermercadito, también cómplices de aquello, porque se abusaron de su niñez, y así con cada persona que formó parte de su vida. 

Lo que no se atrevía a hacer Marcos, era a enfrentarse con el mismo.

Esos días fueron terribles para el. Cada noche era una pesadilla distinta. Horas sin dormir repletas de pensamientos negativos, de llantos, de incertidumbre, por no saber que viene al otro día. Pasó toda la semana, perdiendo la línea y lo formal. Todo cuanto había cimentado en su imagen se desplomó en una noche. Ese era el, pero no se reconocía. Nunca había pasado por su propio interior, para ver como era la cosa. 

Hasta la decisión final pareció acorde a su vida. El momento menos pensado llego a su deteriorada mente. Aquella última noche, encontró el fin arrojándose al vacío, atormentado y desesperado. Entonces ya no hizo falta su Madre y la complicidad de un entorno, para que decidan por el.

La estafa se había consumado. La garantía de la educación clásica y hogareña buscada a ultranzas por su Madre, finalmente perdió ante la pobreza y vacío de espíritu, de Marcos, que se forjó en base a la sumisa decisión de hacer lo que otro quiere…

Coca y Chicha

La historia con los parentescos es un misterio de la vida. En mi caso agradezco y valoro pero más que nada marcaron profundamente todo cuanto he vivido y transitado.
 
La connotación social, tal vez, el modelo de familia que por aquel entonces moderaba el común denominador de todas las familias argentinas, generó una especie dentro de la mía, que por su carácter distintivo, nos ponía en otra dimensión, más cuando las protagonistas se erigieron en líderes naturales y tomaron el timón, estableciendo un matriarcado donde todos nos acomodamos.

El amor, que brindaban era directamente proporcional a los dislates y pseudo castigos, que imponían, que adquirían matices de disparate, cuando por ahí la Chicha, me mandaba a cortar el ligustro, o la Coca a comprar pan, siendo esas las penas más representativas de sus variadas condenas y para que sientas que la cosa venía muy en serio, lo imponían a través de un ceño fruncido y un movimiento de manos, como que fueran a darte un chirlo, que nunca llegaba a destino.

Una conversación con Coca y Chicha, era un verdadero placer, pero a la vez, una diversión impensada, un paseo por la fantasía de la palabra y los sueños.

Coca, en realidad Antonia, había nacido en Junio de 1918 en Villa Moll, una pequeña localidad de la provincia de Buenos Aires. Chicha (la Chicha), en realidad Elena, había nacido en la misma localidad pero en 1929, y era la menor de los 6 hermanos, que por entonces, y a raíz de una serie de enfermedades solo habían quedado 3 de ellos. El otro hermano, era Maximino Andrés, el Coco, otro personaje de la familia, que mi madre nos impregnó con sus historias y dichos en aquellas tardes de siestas y noches con sueños para vivir, ya que había sido criada con ellos, junto con su Abuela Elena, Madre de Coca, Chicha y Coco, y era la mimada de la familia.

La abuela Elena, había sido embarcada a los 14 años, en un puerto de España, desbastada por el hambre y la miseria, por su madre, a buscar otros destinos donde corra mejor suerte. Solita llegó hasta Buenos Aires, y de allí a Villa Moll, donde trabajó a destajo y formo su familia junto a Antonino de Anta.
 
Yo llegué al mundo, cuando ellas ya gobernaban a su gusto la Familia, y como fui el primer nieto y sobrino nieto, me adoptaron como propio, porque el hijo de la Malena y desplacé a todos y gané el primer lugar en el afecto de estas mujeres, que me llevaron al sitial de honor, de sentarme al lado de quien ocupaba la cabecera de la mesa. Mi Abuelo David. Desde allí juzgaba y oteaba como era eso de estar arriba y hasta decidía el menú del día, porque ellas acostumbraban a preguntarme, “Nene que queres comer hoy”

Estaban obligados a negociar conmigo. Si querían cambiar de menú antes debían pasar por mí.

Lo que no hacían era malcriarme. En especial, en aspectos que recaen luego en aquellos que son demasiado sobreprotegidos, así que no me permitían una sola mariconeada. Comer se como todo hasta terminar, porque hay gente pobre carajo, que no tiene ni para comer, y vos no podes quejarte de esta sopa de verduras ¡!!!!

Mucho menos me dejaban lagrimear si las ramas de un árbol, habían dejado marcas en mis rodillas. Hágase Hombre Mierda ¡!!! Y me mandaban enseguida con el Tío Negro, casado con la Chicha y con el Abuelo David, que estaban por el campo.

La tía Chicha, vivía en el campo. En Moquehua y tenía dos hijas, mis primas María Elena y Silvia. Eran de avanzada. Trepaban árboles, cazaban con escopeta, ordeñaban vacas, fumaban  y manejaban ¡!!! Unas adelantadas para mí, que miraba todo aquello con sorpresa y pase a ser devoto de mis primas.

El resto del Universo lo completaban los hijos de la Coca y David. Malena, mi Madre, Patricio y Julia, quien por la cercanía de edad, era más mi hermana que mi tía.

Ambas tenían formas parecidas, aunque eran claramente distintas. Pero el factor común las identificaba. Claro habían sido cortadas por la misma tijera, entonces, estaba siempre presente, la Panadería del Tío Andres, y almacén de ramos generales, que la familia de Anta llegó a tener, frente a la plaza de Villa Moll.

Estaban acostumbradas a cocinar todo, bien, rico y abundante. Porque siempre cocinaban para más de 8 que eran los que de mínima se sentaban a sus mesas. Las pastas eran una delicia. Las amasaban del día anterior, y las dejaban reposar toda la noche. Cuando te despertabas al otro día, estaba toda la mesa enharinada con las pastas extendidas, y un aroma a tuco casero que hasta hoy perdura en mi memoria.

Si la pasta era rellena, al relleno, no le decían relleno, sino picadillo. Y le ponían de TODO ¡!!!

Las conservas, los dulces, los sanguches de miga, la mayonesa, la manteca, la crema. Todo pasaba por sus manos.

Yo acostumbraba a darles vueltas a su alrededor, más cuando estaban en esos quehaceres, porque siempre algo ligaba, también algún trompazo o un reto, si me pasaba de la raya.

Salir a buscar agua en el campo, era una aventura maravillosa. La Chicha, tenía una jarrita y tenías que ir hasta el aljibe, que cerca tenía una bomba manual donde le dabas y le dabas y salía el agua fresquita, que antes de llenar la jarra, tomabas con la mano que te quedaba libre, porque además de rica estaba helada. Ese pozo de agua, con el aljibe, fue el pozo de los deseos en los cuales, pedía para que se cumplieran mis sueños, alentado por mi madre, y años después hice lo mismo con mis hijas bajo la atenta mirada de mi madre.

Las fiestas o reuniones eran para ellas un momento que disfrutaban mucho y entonces cuando salían, se tiraban el ropero encima. Se pintaban como cuadros al óleo, y les encantaban las pulseras, los collares y los aros.

Coca, se pintaba los labios al rojo vivo, y cuando me daba un beso, dejaba el labial en mi cachete. Acostumbraba a hacer sonar sus pulseras y siempre con su sonrisa, me preguntaba “Nene te gusta lo que me puse”, y tenía que adivinar que era, que por lo general era algún colgante o aplique que lucía en su blusa.

Chicha, era más quejosa. En realidad fastidiosa. Su lamento era reconocido, porque arrastraba la voz, con un permanente UUUUJUUUUUHHHHMMMMM …!!!! Que anteponía a toda frase que decía, en especial, si era para llamar la atención.

Tenían calidez, y conversación y sabían relacionarse con todos, porque eran muy buenas anfitrionas. Cuando iban de visita, siempre llevaban un obsequio y en algunas oportunidades, se quedaban a dormir porque el viaje de esa visita era largo.

Cuando pasaba los días en casa de Chicha en el Campo, era una delicia. Me dejaban hacer de todo, aunque en realidad me consolidaba en mano de obra barata que la Chicha aprovechaba muy bien, porque me hacía cortar el ligustro, darle de comer a los chanchos, levantar las hojas del Patio de Magnolias, cortar el pasto, levantar los huevos, echar el ternero y todo lo que más podía Fuera de la casa, que no te dejaba pisar durante el día, porque la mantenía IMPECABLE. Te hacía descalzar antes de entrar.

Durante las actividades que me encomendaba, como todo chico, me distraía o no le daba pelota. Ella se me aparecía escondida por detrás de algún arbusto, y me pegaba flor de grito, que me obligaba a reaccionar rápidamente y retomar mis labores. Es que lo que estaba haciendo, no era ayudar, sino que eran todos juegos nuevos para mí. Entrar al depósito de los granos de maíz, era hermoso. Cuando les contaba a mis amigos, obviamente no podían llegar a entender, lo que significaba ese entretenimiento. Pero a mí me fascinaba. Igual que ir al monte con el hacha. Era sentirme grande, importante. Otra cosa que me sacaba el sueño, era la escopeta que mi Tío Negro tenía colgada en la pared del comedor. Me quedaba horas mirándola, como esperando que alguno se diera cuenta que quería tenerla en mis manos. Pero nunca me dejaron hacerlo.

En la casa de mi tía había varios lugares donde fantaseaba llegar. Pero el más deseado era su ropero. Arriba de todo, guardaba siempre una caja de caramelos de leche y nueces, duros y difíciles de masticar, que solía degustar por las noches. Esperaba ese momento, porque desde la cama, me hacía señas con sus manos, para que vaya, y yo que sabía para que era, no me hacía rogar. Tenía que aguantarme un ratito, porque previamente, me sentaba en la cama, junto a ella, y me daba conversación. Me preguntaba si me había gustado lo que había hecho durante el día, y me confiaba a modo de secreto, que el tío estaba muy contento conmigo y mañana me llevaría hasta lo de Rolando su Hermano a caballo. Y entonces, si, ahí me decía lo esperado. “Nene, abrí esa puerta….”

Le llevaba la caja, y ella la abría, y me decía “agárrate uno”, para despedirme con un beso y un reto nocturno, que era más para dejarles en claro al resto que la cosa estaba brava. Una estrategia que como todos le conocíamos le aguantábamos el sermón y nos reíamos a escondidas.

Coca tenía procederes parecidos. Se acostaba y se llevaba un vaso de agua a la mesa de luz. Te llamaba desde su pieza, y desde luego, también esperaba ese llamado, porque seguro algo se traía la Coca entre manos.

Una noche, me hizo que le diera cuerda a la cajita de música, que era un pianito muy bonito, y me preguntó si me gustaba la melodía. Después me hacía sentar a su lado, en la cama, y me secreteaba lo que tenía pensado hacer, para buscar mi aprobación.-

Mi Abuela Coca, acostumbraba a decirme “Nene”, y mi tía Chicha también

Con su cantito provinciano, le asignaban un aroma de frescura y de ternura únicos. Sus berrinches eran tan insistentes como infantiles, por eso me llevaba bien con ellas, porque las comprendía, y en lo que estaba a mi alcance les satisfacía gran parte de sus requerimientos, que oscilaban entre comprar pan, pero en una panadería alejada, hasta conseguir pasas de uvas, pasando por barrer la casa hasta ponerte algo que ellas querían que vos lucieras. Ni hablar si me pedían que toque la guitarra delante de todos. Eso me costaba muchísimo, pero por ellas era capaz de todo, hasta de pasar vergüenza, porque me daba un enorme placer, verlas sentadas en un rincón, cruzadas de piernas, sonriendo y mirando a todos como diciendo, Vieron al Nene lo bien que canta ¡!!!

El día que vino mi Vieja, y nos pidió a mí y a mi hermana, que nos arreglemos para la abuela, que quería vernos bailar con los trajes de Gaucho y paisana, pusimos el grito en el cielo.

Pero era para la Abuela Coca, así que mis viejos insistieron, que no podíamos hacerle ese desprecio a la abuela, más si era ella que lo había pedido especialmente. Así que ese día, llevaron al público al patio, para esperar por los bailarines, que estaban produciéndose en la pieza, refunfuñando, porque no teníamos tocadiscos, para pasar la música folclórica así que estábamos rompiéndonos la cabeza en como haríamos, para complacer a la Abuela.

Mi Viejo ofició de Maestro de Ceremonias y realizó la presentación al público presente, entre los que se encontraban, el Tío Carlos, ceremonial y sonriente, la Tía Margarita, Salvador y María Elena, sentados en un costado, muy elegantes y primos y parientes en general, arengando a los gritos y aplaudiendo, como gastando a cuenta del espectáculo por venir.

Nosotros espiábamos por las cortinas de la cocina, y allí estaba la Coca, sentada en primera fila, como acostumbraba a estar en todos los shows que nos presentábamos con el Ballet de la Municipalidad de San Martín, a cargo del Profesor y Director, Osvaldo Castro Lucero, pero ahora en el patio de casa.

Arreglamos con mi hermana, de hacer el cierre, el final que acostumbrábamos a hacer con el Ballet. El malambo. Así que salimos por la puerta de la cocina, y la ovación se escuchó desde la Estación de trenes, y la Coca aplaudía y vitoreaba a su Nene, y ahí nomás me largué con el zapateo, haciendo sonar las espuelas, y taconeando con todas mis fuerzas.

Mi hermana, zarandeaba al compás de mis repiqueteos y acompañaba con gracia todo cuanto mi repertorio desparramaba en las baldosas del patio.

Una fiesta que se armó a partir de mi abuela, que sabía mucho de armar buenos momentos.

Siempre había un momento donde Coca y Chicha, estaban liderando la situación, ya sea cocinando, conversando, o paseando.

Les encantaba pasear, ir de visita y les encantaba recibir visitas.

Los almuerzos eran veladas extensas, con risotadas, y conversaciones cruzadas, y siempre, pero siempre, al desviar mi mirada, me encontraba con la mirada atenta de Coca y Chicha hacia mí.

Era una delicia, verlas disfrutar cuando todos los comensales, les hacíamos honor a sus comidas, y en mi caso más aún, que si no comía por lo menos 3 platos más el postre que habían preparado ellas mismas, no quedaban satisfechas. Por el contrario, uno quedaba repleto de tanto que había comido, y no quedaban allí las cosas. Porque a las dos horas, se venía la leche o el mate, con más manjares, por lo general algún dulce, o higos en almíbar, y cuando estabas merendando, ya te hacían la encuesta de que querías comer a la noche.

También le dedicaban un espacio a sus labores manuales, y entonces me utilizaban para sostener con ambas manos las madejas de lana, que con paciencia de monje del Tíbet, se pasaban las tardes haciendo los ovillos, con los cuales después me tejían pullovers, bufandas, gorros, guantes y hasta zoquetes.

Sabían tejer con agujas, al crochet, y cuando aparecieron las máquinas de tejer, mi tía Julia, se compró una, y se la criticaron toda, porque no era tan puntillosa como sus hechuras manuales.

La máquina de coser de mi abuela Coca, es un clásico familiar, como la biblioteca de mi abuelo y las jarras de vino; había dos, un pingüino y un viejo barbado. Que lucían en el mueble, apenas entrabas a la casa.

Cuando acostumbraba a llegar a la casa de mi abuela Coca, era tal su alegría, que uno iba predispuesto a pasarla bien. Te sentaba a su lado, y empezaba a preguntarte por todo. Algunas veces, intentaba un ensayo de reto, porque, claro, éramos chicos con mi hermana, y no podíamos estar mucho tiempo sentados…éramos inquietos, y empezábamos a movernos, a pedir agua, cosas, que entonces la Coca, te decía con el ceño fruncido “Mira Nene, esta semana vino la Quita, con la nieta, y vieras lo bien que se portó”…como dando un parámetro de comportamiento cívico, que por supuesto no creíamos y entonces venía un intento de justicia por mano propia, que nunca llegaba a destino, porque en ese momento teníamos habilidades y movimientos rápidos, que no podían hacer que acierten en el blanco.

La Chicha, era más ágil que la Coca, y alguna vez nos llegó a correr, o con la ojota en la mano, y hasta un palo del trapo de piso, porque habíamos entrado a la casa antes que ella lo permitiera.

A mí también me corrió un día que me descubrió tirando los nísperos del árbol, y vieran que bicha que era, que no me di cuenta de su presencia, sino hasta que me tuvo a distancia de sus manos, y me agarró como para que no salga corriendo, y ahí me salvó mi prima Silvia, que también quería comer nísperos y entonces no le quedó otra que soltarme, no sin antes llevarse algunos en su delantal, y probando uno que a su decir y entender “Nene, todavía no están maduros estos, tírale a los del otro lado…..”

Era chiquita la Chicha, los piecitos eran de un liliputiense, y era muy graciosa en sus dichos y sobre todo en sus movimientos y constantes quejidos fastidiosos.

Pero era capaz de animar una fiesta ella sola. Empezaba tibiecita, y empezaba a tomar carrera de a poquito, hasta que se soltaba y empezaba su acto tan particular que por su derroche de alegría, y movimientos danzarines te reías solo en un costado.

Un día, sábado, de fiesta, estaba preparándose para lucir lo mejor, y para no quedar menos ante las “otras”, que asistirían también. Así que pasó casi toda la tarde, sacando todo del ropero, para probarse lo mejor.

Casi que tenía el vestido elegido, pero le faltaba algo. Algo que le quitó el respiro, y comenzó entonces a girar su fastidio entorno a todo quien se encuentre cerca, y si era mi Tío Negro, mejor. Pero lo peor, es que ninguno sabía que le pasaba. Es decir, todos sabíamos de su fastidio y quejoso lamento, pero hasta adivinar el porqué, podía pasar el día entero.

Entonces, ese día, mi tío estaba en el lavadero, que estaba apenas ingresabas a la casa, sentadito en un banquito haciendo labores de zapatero, reparando algún que otro calzado, y la Chicha, se pasaba por el pasillo, portando su lamento, y justo al pasar frente a él, a exactos 90°, lanzaba su famoso y conocido reclamo en forma de queja…UUUUJUUUUUHHHHMMMMM …!!!!

De ida y de vuelta, con una cadencia, cuyo sincronismo era de tal precisión, que si los suizos la hubieran ubicado, o la ciencia se hubiera esmerado, hoy estaríamos sabiendo mucho más acerca del reloj biológico, porque como si fuera parte de un cálculo, lanzaba ese quejido, exactamente al momento que pasaba frente al tío Negro, lanzando ese molesto ruido, sin cesar.

El Negro, sabiendo el posible origen, solo atinaba a levantar la vista por encima de sus anteojos, sin decir palabra.

Ese movimiento duró hasta que la paciencia y el trabajo de zapatero del Negro finalizaron, y al pasar frente a él, le dice, “Chicha, que te pasa…???!!”, a lo que responde “Nada, UUUUJUUUUUHHHHMMMMM, para la fiesta de hoy a la noche, no tengo nada que me cuelgue y haga ruido”.

La respuesta del Negro, se encuentra en los anales de la picardía criolla, rápido de reflejos, como buen arquero que era, le respondió “Colgate un Grillo….”. Claro, la Chicha, quería aros, collares, pulseras y todo cuanto pueda brillar y hacer sonar, porque en su persona eso era un distingo. Chicha era una pandereta humana, y no podía otorgar la más mínima ventaja ante sus competidoras.

La Coca, era un poco menos bulliciosa, pero también era festiva y alegre.

Era tan agradable al conversar, que le disculpábamos cualquier error que pudiera llegar a incurrir, pero de todos modos, no dejaba de causarnos gracia y soltábamos la carcajada. Coca acostumbraba a decir, al momento de dormir la siesta “CIERREN LOS OJOS y MIREN PARA EL TECHO”, cosa que sabíamos interpretar, en cuanto a que quería decirnos, pero ante semejante contradicción, no podíamos más que reírnos. Cuando realizaba sus consultas al Médico, cuando te contaba, te decía “Nene, ayer fui al Dotor”, así empezaba y cuando te decía que la “Diabetes” era cosa fea. Tenía un cuchillito, muy chiquito, que había quedado así después de muchas afiladas, y cortaba como un bisturí. Ella sola lo usaba, en especial, para pelar fruta, que dejaba cualquier hollejo para secar al sol, y ponerlo en la yerba, y si te animabas a jugar, armabas la fruta nuevamente, porque era un corte quirúrgico. Usaba siempre el mismo repasador; para cocinar, para el mate, para todo. Cuando me limpiaba la cara, al terminar de comer, primero se pasaba el repasador ella, así que era una lucha de titanes, entre ambos. Ella por limpiarme y yo por zafar.

En una reunión, estaba Chicha, sentada en un sillón, con una cara de fastidio, que nadie quería preguntar, porque sabían el desenlace, y entonces para que complicarse la vida. Yo la miraba desde un rincón de la casa de mi abuela, y me acerqué a preguntarle que le pasaba. “UUUUJUUUUUHHHHMMMMM, haaayyy neeene, me siento mal del estómago, y ahora vienen las masas, y me las voy a perder….”, para la Chicha, eso era cuestión de estado.

Era tanto el amor que desparramaban, y tanto lo que querían a su familia, que dejaron su legado para toda la vida. Coca nos dejó en Octubre del ’92 y Chicha en Enero de 2005. Todos los días están presentes en mi vida. En cada anécdota, en cada paso que doy. Fueron mentoras de todo cuanto puedo mostrar como persona. Son dueñas de todo cuanto pueda recordar de mi infancia, y han sido la voz mandante de un matriarcado que lideró la familia por años, y dejó su sello en cada uno de sus componentes. Todos en la familia, tienen algo de Coca y Chicha.

Cómo es aquello de de los caracteres genéticos, como prevalecen y cuanto pesan al momento de ejecutar su dominio, y hacerse presente en la historia, para ver en mis hijas que están con nosotros todos los días, para siempre.

El Doctor Dotta

Atravesó el portal, sin tocar siquiera el umbral que antecedía la entrada.
Con algo de prisa llegó hasta el fondo de la casa, como buscando algo que nunca llego a sacar de la casa. Desparramó todos los tarros, que el abuelo guardaba los clavos y tornillos, y hasta corrió la mesa de carpintero, para poder mirar por debajo, con mejor luz. Pero no tuvo el éxito esperado.
Nervioso, ahora mucho más preocupado, se le notaba en el rostro, que estaba sin solucionar su problema y evidenciaba al mirar reiteradamente su reloj, que no disponía de tiempo.
Tiempo, que había comenzado a correr, hace exactamente un año atrás. Claro que no supo entonces, que esas horas, serían el precipicio al cual tuvo que enfrentarse aquel día que presuroso, ingreso al fondo de la casa.
Unos minutos antes de la medianoche de aquel 7 de abril, para ser más preciso, comenzó la historia que terminó con Saúl.
Un enigmático y parco, que más que voz, parecía tener un grave sonido al hablar, más parecido a una queja que a un agradable sonido.
De personalidad sinuosa, solía engañar a todos con su puesto en el hospital municipal, donde se hacía llamar Doctor, cosa que no era. Su titulación era Técnico Radiólogo, y el guardapolvo blanco, y las intenciones de obtener por la vía de la mentira, lo que no podía obtener por su talento varonil, lo llevaron a instalar su chapa, virtual, y creerse a si mismo su propia mentira.
Tenía antecedentes policiales, cosa que le incomodaba. Incapaz de sostener por su propia valentía una afrenta, por esas cosas del destino, siempre que lo llevaban detenido, era con grupos de muchachos, pero nunca solo, porque no tenía agallas. Le incomodaba, porque no le permitía sostener la figura que había creado.
Un incapaz en todos los aspectos, a tal punto, que hasta su propia familia, celebró tibiamente su título, porque sospechaban que lo obtuvo por haberse copiado en los exámenes.
De escasa conversación, lograba instalarse entre la gente, gracias a su labor, por participar en distintos congresos, y también, porque suele pasar a menudo, la repetición de imagen, deja la sensación de figura conocida, pero se trata de un diminuto ser, incapaz de sostener por si solo una conversación, Si es que no la genera otro, jamás tiene tema, porque no sabe cómo se entabla una  relación, si no es por la imposición, la mentira, o la difamación de otros, para congraciarse con quien necesite relacionarse.
Un perdedor, que se conformaba con mostrar su desteñido guardapolvo blanco, para darse corte de lo que no era.
Hasta llegó a entablar un juego de palabras con sus apellidos, para otorgar un status de nobleza a su figura, razón por la cual, se hacía llamar Doctor Saúl Dotta Cóncaro, lo cual le asignaba a su pobre mentalidad una posición de ficción, que no solo pretendía vender a los demás, sino que el mismo la había adquirido.
Por eso, jamás pudo imaginar que al cerrar aquella noche, sus mentiras, serían fatales para sus mediocres intenciones.
Las oscuras facciones de la Mafia de la medicina, sabía de sus actos, y lo fueron a buscar, como si un mercadeo los hubiera llevado a este individuo, con la certeza que con mucha facilidad, se asegurarían sus propósitos, y para comenzar, lo más fácil para obtener los servicios de un imbécil: elevar su ego al máximo ¡!!!, a tal punto que el diálogo de aquella conversación de garito, se cerró como pacto tumbero: “Entonces Doctor, quedamos así ¿??”, disparó el oscuro personaje, en el rol de Visitador médico, recibiendo como respuesta una sonrisa macabra, mostrando sus dientes amarillentos por el cigarrillo, y un “SI”, con esa voz gruñona, que selló el acuerdo.
Acuerdo que concebía, la colocación de ciertos medicamentos, de escasa prédica en los círculos considerados de alcurnia medicinal, por la doble paga de una suma considerable de dinero, en moneda extranjera, y una promesa de nombramiento de Director del Nosocomio, si el candidato a Gobernador que postulaban desde ese rincón oscuro, ganaba las próximas elecciones.
No estrecharon sus manos, porque entre delincuentes no hay contratos, ni palabras. Solo el entendimiento, que puede sostenerse en el tiempo, si hay éxito en la gestión. Pero saben, que deben operar “sueltos”, para evitar que la Policía, siga el hilo conductor de la Banda. Al parecer, El Doctor, representaba la parte más delgada del hilo, y allí es donde fundamentaron su elección. Era presa fácil para ellos, y para entregar como cabeza de turco, si se complicaba el negocio.
La búsqueda sobre “el candidato”, había sido exitosa, por parte de los mafiosos. Era la persona indicada, en cuanto a lo inescrupuloso, pero les falto detalles del perfil del Doctor Saúl. No era del todo desenvuelto, como para salir airoso, si se complicaba cualquier negociación.
Cuando lo advirtieron, fue demasiado tarde.
No contaban, con las ínfulas de este personaje por trascender e ignoraban las ansias de poder que tenía, y la voracidad de establecer su nuevo status ante la sociedad, le harían hablar más de la cuenta.
Y empezaron a pagarlo caro, cuando el Doctor, cambió algunos de los billetes extranjeros que había recibido como anticipo de aquel negocio, por un modelo de auto que no solo era llamativo por lo nuevo, sino por el color que el Doctor había elegido. Amarillo con pintas violetas. Un verdadero mamarracho, que además llamaba la atención, cosa que empezó a poner nerviosos a los mafiosos, pero antes que puedan intervenir, otra suma fue invertida en un lujoso departamento, pero esta vez, el Doctor fue más precavido, ya que lo alquiló, porque siempre había querido vivir de rentas; y allí fue el primero de los errores. Porque lo alquilo a una mujer, que había conocido, en sus travesías por las redes sociales, y a partir de allí, coincidieron en algunos reductos de mala muerte, para conocerse personalmente. Se dieron lástima mutuamente, y se agradaron al notar que ambos eran notables fracasados y donde también tenían puntos en común era en los antecedentes policiales. Esta mujer de nombre Elisa, supo transitar por causas penales, por extorsión y amenaza, y hasta sus parientes políticos, habían sido ajusticiados, porque habían sido juzgados por estafa a la función pública, al haberse quedado con un vuelto de aproximadamente un millón de dólares.
Entonces, para solventar las arcas vacías de sus finanzas, Elisa, le propuso al Doctor, que vaya a vivir con ella, y manifieste en alquiler su gasto. Otra estafa a la que estaba acostumbrada y el simulador de Doctor, no conocía.
Hasta lo dejaron plasmado, mediante un contrato de locación, ante inmobiliaria, lo que evidenció nuevamente la escasa lucidez mental de ambos, porque era lo opuesto a su discurso y a la manera que pretendían mostrarse en público, en especial ella, que detestaba al Doctor pero le era útil a sus fines económicos y personales, ya que le servía de pantalla a su realidad que era patética. Es decir, ambos querían agradar y no sabían cómo, pese a que a Elisa la ayudaba un poco su ambigua personalidad y dejaba mostrar reflejos de su diagnosticada Bipolaridad, que a veces resultaban agradable a quienes la trataban y otras se ocultaba en el ostracismo de su lamentable y decadente realidad.
Cada paso que daban, demostraban sus intenciones y las dejaban en evidencia, mientras quedaban sepultados los planes que habían pactado aquella noche de abril.
Lo peor es que creyeron que eran más de la pobreza mental que tenían, y se metieron en negocios turbios con gente pesada. Muy Pesada.
Por eso, aquel día, algo le cambió al Doctor. Él lo supo al momento, y de allí su desesperación. Porque sabía que no tenía la capacidad para salir solo de la situación en la que estaba. Elisa, enseguida miró para otro lado, encontrando refugio, una vez más en el fuero castrense de su ex pareja, lo cual expuso aún más al Doctor Saúl.
Cuando el representante de los laboratorios, le pidió al Doctor, que reponga el valor entregado, porque lo necesitaba para otra operación, no supo que responder, mucho menos que hacer. Solo quedarse impávido y ni siquiera su falso temperamento lo ayudó, por el contrario, cuando intentó exponerlo, se comió el peor de las apretadas que esta gente puede hacer, lo cual asustó aún más a su inescrupulosa personalidad.
Al ingresar a su casa, casi corriendo, fue para asegurarse que aquella apretada, había quedado en sus pantalones, ya que esta gente, era capaz de hacer cualquier cosa, y por otra parte, para buscar aquello que le habían pedido, que había guardado, la parte que no había gastado en el cuartito del fondo.
Lo que no esperaba era encontrarse con el panorama que se encontró. La plata no estaba. Sudaba frío. Tambaleó como del desmayo. Su voz se aflautó, y su rostro empalideció. Estaba en serio riesgo, y decidió acudir a Elisa para que lo ayude, y allí comprobó lo solo que estaba. Elisa, hizo una denuncia, por acoso, estafa y extorsión, con lo que al llegar al departamento que el mismo le había alquilado, lo estaba esperando un patrullero para detenerlo.
Estaba cercado y solo. Sin salida más que enfrentar la situación.
Arregló un encuentro, para ese día a la media noche, muy cerca de la vieja estación. Fue armado, temiendo lo peor. Noche cerrada, con niebla, poco se alcanzaba a ver. Apenas algunas siluetas se dibujaron en el horizonte, su pena tomo forma de miedo, y no se equivocó, porque venían por él.
Eran más de 10 las personas que se convocaron, para negociar con el Doctor, y hasta el Candidato estaba presente. No se bajó del auto negro, para ver el final. Fueron dos impactos que sonaron en el aire. El olor a pólvora, contrastó con la humedad de la noche y quedó el cuerpo del Doctor tirado en la estación, cerca de las vías del tren que nunca pasaría.
El Doctor Saúl, olvidó buscar aquello que había recibido y guardado celosamente, donde tenía que hacerlo. En el contrato de locación, no leyó nunca que lo que abonaba por el total del departamento, era la misma suma que había recibido en moneda extranjera.

Yo, El, Mi, Soy

La estatura de la altura

Quien mira al cielo sin olvidar la tierra ha logrado elevarse

Heme aqui