Lo supe desde el mismo momento que atrapado
en esa red denominada rencor no me permitía ser. Alguna vez iba a suceder.
Tarde o temprano tenía que volver para cerrar aquellas heridas que jamás cicatrizaron
No podía. El miedo me paralizaba. Emociones
encontradas, no me dejaban ser ni pensar y mucho menos sentir sin ataduras.
Alguna vez escuche que los secretos que guardamos encuentran la manera de salir
a la superficie. Es que cuanto más se retrocede a escarbar el pasado el legado
de facturas a la historia vivida no tiene fin
A quien reclamar ¿? Con quien me voy a
encontrar para satisfacer la demanda de mi dolor hecho tristeza ¿? Si en verdad
nadie me había prometido una vida sin dolor; porque me han enseñado a ir por
mis sueños, si tantos de ellos quedaron truncos cortados de raíz o desviados
por cosas que no fueron mi decisión
Entonces… mil noches lloré y otras tantas
me dormí preguntando a Dios… Porque ¿? Porque si todo lo que me pidieron que
haga lo hice. Fui bueno y obediente. Todo lo que me enseñaron aprendí y honré.
Porque Dios ¿? Si solo quería ser lo que soñé. Me sacaron de mi camino y me
marchité como una flor que se secó. El chico de sonrisa pícara y ojitos brillantes
se apagó. Cómo es que nadie se dio cuenta ¿? Era apenas un chico que le
exigieron ser grande antes de tiempo.
Cegado de dolor, aquella mirada de luz, se transformó en sombras, repletas de
rencor y silencio. Demasiado sufrimiento para un alma creada para dar. Una prueba
de fe me esperaba ahí nomás unas vueltas al sol más adelante.
Un hecho largamente esperado, sacudió
mi habitual parsimonia y la cadencia de mi habla se quedó sin palabras. Un nuevo
cruce de ruta con dos direcciones ponía a prueba mi fe. Uno de los caminos era
la condena. El otro el perdón. Ya no había nadie que lo hiciera por mi… era yo
el que tenía que decidir y dudé y negué y lloré. Blasfemé y pedí no ser yo el
que decida… el miedo me llevó por las tierras fangosas de las recriminaciones y
las culpas; luego se transformó en “pobre yo” hasta que no tuve más excusas. Tuve
que enfrentarme a mi miedo y allí mis ojos se abrieron y mi corazón comenzó a
sentir; Si no soltaba no podía tomar lo que venía… es como pretender llenar una
vasija llena. Fue darme cuenta que no sabía hacerlo. De tanto aferrarme creía
que era mi sostén y como una muralla a nadie permitía entrar sin darme cuenta
que era yo quien estaba cautivo.
Tomar el camino de la condena, me
obligaba a declarar culpables a quienes me amaron, aún sus fallas; y aquellas
fallas pertenecían al pasado.
Mi elección era el camino del perdón.
La reconciliación con mi yo de ayer liberó el alma y el alma de quienes me brindaron
su amor de la forma que sabían y podían dar. Lo supe en ese momento. El chico
de sonrisa pícara y ojitos brillantes volví a ser














