El patio
donde crecí tenía baldosas de dos colores, parecidas a un tablero de ajedrez y
el piso con desnivel con una bajadita, cerca de la parrilla que el abuelo
Silverio hizo con sus manos
Adornado de
macetas, vivas de colores, alegría del hogar y rosas aromaban los días
Una pileta donde
mi vieja lavaba a mano la ropa fregándola en una tabla y en la puerta de la
cocina colgaba una cortina de flecos
Al fondo
daba una puerta hecha de caño adornada con fierritos que hacía de caballo en
las tardes de siesta que mi vieja no me dejaba patear
Llegando al
final, un cuartito construido de material, repleto de secretos donde pasé más
de una tarde jugando con Daniela y mi viejo a ver quién tenía cosquillas
Mojando las
baldosas hacía de pileta todas las tardes de verano y chapoteaba en los
charquitos y me deslizaba sobre la superficie como celebrando un gol
Por las
noches de verano era costumbre encontrar el sueño tirado en la tibieza que el
sol había dejado y descubrir estrellas en el cielo despejado
Pista de
patinar para Daniela y sueños de goleador en el reducido que hacía tirando
paredes entre las paredes para reventar de un pelotazo algún vidrio
Fue testigo
de cumpleaños, barriletes artesanales hechos con engrudo y carritos con
rulemanes
Me vio
crecer… Fue cobijó del niño y confidente del adolescente que en guitarra le cantaba
a un amor que no fue
En el
silencio de un día de diciembre, entre lágrimas le confesé mirando sin poder
mirar, que nuestros caminos se separaban...
Trasplantado
a otro terreno. He crecido y dado frutos
En mi raíz
sembrada en aquellas baldosas de dos colores, parecidas a un tablero de ajedrez,
quedaron mis huellas y mis sueños